Un poema llamado vida

Es difícil conocer el corazón de un poeta, para llegar a él, tenemos que atravesar el laberinto de sus letras. Entre cada uno de sus recovecos, dándonos cuenta de que entre ellos y nosotros hay una experiencia común, una emoción que se encuentra en nuestro propio corazón y que a primera vista resulta fácil doblegar por la vanidad, pues uno se lee a sí mismo a través de ellos, y a partir de ello, uno puede reconocer un poco de lo que ellos mismos han puesto. Que no es sino un poco de nosotros mismos entre sus letras, de las que brotan poco a poco nuestros recuerdos. Uno no puede evitar el reconocerse tanto en ellos que cuando menos nos damos cuenta, uno se entrega a unas cuantas líneas suyas, que se vuelven tan nuestras como las necesitemos. Al punto en que sólo la mirada curvada por su encanto, puede distinguir entre ellos y nosotros.

Entre los versos de un poema uno puede caminar a su lado y sostener el mar con la mirada, ver como nos inunda con su encanto en cada lectura. Que nunca es la misma, incluso si del mismo poema se trata. Es por eso que en algunas ocasiones nos encontramos más cerca de ellos que de nosotros, pues nuestra vida es una marea, que puede llegar a ser brava o calma, que puede resultarnos esquiva o malsana, pero que, en el fondo, es una vida tan viva como lo que podemos leer de nuestra vida a través de su poesía. A la que podemos entregarnos hablando desde ciudades irreales, por la gravedad de sus misterios o la ensoñación de sus enredos. Pero que son tan reales que nos asombra leernos en los escritos del poeta, porque nos negamos a reconocer esos mismos poemas entre las esquinas que se reflejan en el fondo de nuestras retinas.

En esta misma ciudad en llamas, ésta que nos invita a adivinar su amor en sus misterios, que como el laberinto del corazón que es un poema, encontramos lo bello y lo triste que es el bullicio de la gente. Ese murmullo silencioso de una sociedad que clama y grita a través de sus callejuelas, en la misma medida que lo hace entre las rimas soterradas por las estrofas que se escapan de sus canciones. Algunas también inspiradas por poetas, esas que se desbordan entre cada uno de sus ríos. Nos negamos a observar la belleza que se oculta en cada uno de sus puentes, esa magia que emerge de las bocas chorreantes de sangre y fuego. Esas mismas que detienen el tránsito esperando una moneda. O que con los pies descalzos recorren lentamente los vagones del metro en una ciudad cada vez más inerte. Ahí, donde se encuentra por fin la vida que nos es tan cercana y al mismo tiempo tan lejana como lo puede llegar a ser para nosotros la lectura de ése o éste poema. Así como la marea suele estar alejada de la costa, esa vida puede estar alejada de la nuestra, tan… aparentemente distante de nosotros… que no nos vemos realmente en ella. He ahí la mágica mirada del poeta, esa noble alma sensible capaz de llegar al trasfondo de su vida cotidiana, a lo profundo de sus odios y rencores, hundiéndose hasta  lo profundo del infierno para volver a cuestas tan sólo con lo más notable de su encanto. Cargado de esa belleza que siempre anda cargando, regalándonos lo que nos parece nada menos que una ilusión en un verso desnudo. Ese mismo que se entrega a nosotros, sólo para crear todos y cada uno de nuestros recuerdos.

Hay que decir a su vez, que esa no es una realidad a la que se arriba intentando forcejear sus secretos. Un poema está tan vivo como lo está nuestra propia alma, igualmente sensible. Instantáneamente idéntica a aquella de quien nos lo entrega. Aunque por más que intentamos llegar a sus orígenes, hemos de estar condenados a perdernos en el laberinto que arrincona a la desdicha de una vida silenciosa. Una vida por la que nos desplazamos todos los días, mirándola sin mirarnos en ella. Perdiéndonos cada vez más de esa música ancestral que se engendra con la lluvia. Esa, que gota a gota, nos entrega una letra de cambio como quien entrega un sueño entrelazado a sus recuerdos. Unos recuerdos que pueden llegar a ser tan suyos, como nuestros son los sentimientos que se engendran desde cada una de sus letras. ¿Quién, bajo la lluvia, es capaz, sabe realmente, cómo es por dentro ese cuerpo tembloroso, amoroso, maldito, blasfemo o perseguido de un poeta?

Pareciera que ya no es válido salir a buscar el fuego que nace en el fondo del mar. Ese mismo eco que hay entre cada una de las gotas, que cargan las cenizas apagadas de una ciudad todavía en llamas. Mirémonos con esa misma honestidad desnuda, e interroguemos a la memoria que se pretende olvido de nosotros mismos. Preguntémonos, ¿cuándo ha sido la última vez que detuvimos los pasos frente a la tarde, la última vez que no nos enredamos en las sabanas de una ilusión que se pretende una vida alejada de los otros y nos dimos cuenta de que había una campana llamando a los eclipses de nuestra propia mirada, golpeando todas y cada una de las puertas cerradas de esta ciudad que se sueña abierta a nuestras letras? ¿Es que acaso seguimos desorientados por lo que hemos visto tantas veces? ¿Somo acaso tan sólo el esqueleto vacío de un mundo que aguardaba nuestra llegada en su vaivén de niebla?

Pues el Sol deshecho del día atravesaba las palabras, como hacen las manos de quien sostiene a una familia. Cansado de seguir aferrado al mismo brazo que lo sostiene a él mismo en medio de un vagón apretujado. Ahí donde se niega una vez más el descubrimiento de que todos somos los mismos, de que vivimos juntos aún si aparentemente nos encontramos separados, más mudos, luchando por seguir una u otra dirección. ¿Cuándo será que la lluvia de verano nos regale el florecer de los primeros pensamientos de una ciudad sin prisa?

Es este acaso un sueño perdido, uno donde todos los relojes parecen dejarnos su marca, o es que acaso entre esos mismos murmullos de niebla y temblores de cabeza, se encontraba también una mirada fugaz que nos miraba como si se mirara a sí misma. No todo en la oscuridad es testigo de una noche triste…

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Bajo el cielo, amor y bandera buscábamos, intentando encontrar una sombra de lo que deseamos. A ese alguien que se esconde entre las luces que iluminan nuestro camino. En ese azaroso andar donde nos miramos mirándonos, sorprendidos, construyendo una sonrisa complaciente. Esa señal que nos desnuda el rostro con amor, que nos recuerda que a pesar de que la ciudad vive todavía entre sus llamas, y que nuestra mirada se encuentra perdida aún en el clamor de sus nostalgias, mostrándonos sus luces, esas que no son más estrellas fugases sino infiernos permanentes. Es ahí, justo ahí, donde encontramos a otros que nos ayudan a recordar lo que hemos perdido tan sólo escribiendo lo que ven cuando sus ojos no son necesarios, pues son capaces de sentir lo que nuestra ceguera no es capaz de ver, mucho menos comprender. Es ese instante, en el que súbitamente, esa mirada nos arrastran a la orilla firme, fuera de ese mar de anhelos y desvelos, ofrendándonos vida con cada amanecer. Entregándonos los vestigios del amor que se desnuda en las mañanas, cálido, sincero, comprometido y desmedido. Siempre verdadero, pues aunque se intuya nada menos que eterno, y a pesar de la certeza de su finitud, será siempre verdadero. Pues a los ojos de los amantes, la eternidad puede ser sólo el pestañeo de una mirada complaciente. Aún si nos encontramos cada vez más lejos de la bahía a la que siempre regresaban los pájaros, no debemos olvidar que el amor es el supremo bien que es, aún y progresivamente, cada vez menos una riqueza efímera o vanidad fugaz. Es la fuerza que mueve los molinos de esperanza, esos que nos regalan el pan de cada uno de sus versos. Ese pan de vida que nos devuelve el espíritu que pensábamos perdido. ¿No es acaso él quien nos devuelve lo que hemos perdido, más que una cosa, una ilusión, más que una vida, un frenesí, más que una sueño un proyecto?

Aún si el amor devuelve el alma al cuerpo, ese que vuelve con las formas del poema dibujadas por los labios del poeta. Aún si no podremos entregarnos a él, sigue siendo esa fuerza que nos arranca de nuestras propias jaulas, aquellas que nos mantienen prisioneros en nosotros mismos.  Es esa fuerza productiva que, tras mirarla, uno descubre el encanto de la melodía que entona el ángel y el encanto que deja su sermón tras anunciar al último viento de amor que ha llegado a nuestra puerta. Se abre por fin al leer un verso en el que nos vemos a nosotros mismos. Aún si no sé gritar hasta el alba, cuando la muerte se posa desnuda en mi sombra y lloro debajo de mi nombre, no he de olvidar que en el fondo soy yo, quien agito pañuelos en la noche, de que soy yo quien ve entre nubes grises y barcos sedientos de realidad, no son sólo ideas las que bailan conmigo cuando mis labios dibujan las sombra que cuidan sus palabras.

La poesía no es sólo amor, pues oculta clavos, los mismo que uso para escarnecer a mis sueños, cada vez menos enfermos. La poesía es también eso que niego, incluso cuando el mundo me recuerda que afuera hay Sol y florecen pensamientos. Aún si me apago por completo y me visto de cenizas, comprobando lo desierto que es este camino. Aún si sé que me entrego a la vigilia, dispuesto a ver a mis sueños partir, desgarrados por los afilados clavos que se ocultan entre las sábanas. He de recordar,  que esos mismos clavos sobre los que cuelgan crucifijos, son los que me dejan dormir todas las noches. Esos que me mantienen suspendido entre las sábanas blancas, para vivir y soñar que la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

¿Cómo es posible que del poema se vuelva engendrar el yo, es que acaso ese olvido que no es ya un eco, sino una plena insistencia a lo largo de unas cuantas líneas comienza a dibujar por fin el trasfondo de su encanto? ¿O es que nos queda acaso sólo vivir con la tristeza que se oculta al contemplar nuestra desdicha desde un palco? ¿O es acaso la muestra palpable de que nosotros mismos hemos vivido la desdicha y la amargura que habita su poesía?

Respuestas que cada uno de nosotros debe responderse, pues volvimos al comienzo del texto. Ahí donde sólo eramos nosotros frente él. Es así como regresemos al comienzo, pero ya no como partimos, pues uno no puede zarpar desde sí mismo dos veces con el mismo destino de lectura, aún sí el poema es el mismo, siempre será distinto. Esa certeza habita después de acabar un texto, por obscuro, efímero e incluso simplón como lo es éste. Es labor nuestra reconocer que después de ver el eclipse de mirarnos en los ojos de un poema, no seremos ya eso que fuimos. Así pues, esas lineas que habitan los espacios donde sobrevive la esperanza, se volverán tan nuestras que pronto nos daremos cuenta irremediablemente que no se persigue a la poesía, sino que nos llega, hasta el corazón, en la forma de un poema llamado, “Nuestra propia vida”.

Bibliografía:

Nava, Thelma. El primer animal. Editorial Mexicanos, 1986.

Pizarnik, A. (2003). Poesía (1955-1972) (Vol. 120). Lumen Editorial.

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