Drogarse no es consumir

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La lista de la compra que ofrezco a continuación incluye un ítem anómalo: digan cuál. ‘Actimel, cocaína, yogures, leche, chorizo, Kit-kat’. No, no era Kit-kat. No, no era chorizo.
En fin: coca. La cocaína nunca se apunta. Tenemos buena memoria para lo que nos interesa, y por eso las drogas nunca se incluyen en una ‘lista de la compra’. Tampoco se venden en el súper (ni siquiera en el Lidl por ese tipo que te abre la puerta); nunca salen en los spots de tías buenas de la tele; nunca ocupan la contraportada de El País Semanal. Sin embargo, ‘consumo de cocaína’ es un sintagma recurrente en las monsergas estatales, las estadísticas europeas y algunas conversaciones estiradas. Se dice que el consumo de cocaína ha subido o ha bajado este año, que el consumo de cocaína es el principal problema de los jóvenes españoles o de los gerentes de sex-shops; que se van a hacer grandes cosas contra el consumo de cocaína.

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Basta leer El sistema de los objetos, de Jean Baudrillard, para entender lo siguiente -que es crucial para entender nuestra vida: el ‘consumo de cocaína’ no existe. Existe la cocaína. Existía esa raya de cocaína que me he metido hace quince minutos para escribir esta mierda. Existirá Colombia por largos años en la parte más perfumada de los mapas. Sí, no lo niego. Pero no existe, en puridad, el ‘consumo de cocaína’. Los objetos a los que se refiere Jean Baudrillard en este estupendo ensayo son las cosas de Perec con el precio colgando: la televisión, el coche, las cortinas. Pero también el Actimel y el chorizo. Estos objetos, de obsolescencia programada o caducidad manifiesta, forman un código social que todos entendemos y difundimos. Puede decirse que hablamos chorizo y charlamos Actimel, que denotamos yogures y rotuladores. Basta subir en un transporte público para darse cuenta de que la mayoría de la gente no tendría nada que decir si antes no hubiera comprado algo.

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Jorge Beinstein

Baudrillard nos enseña que los objetos de consumo son signos y que forman un sistema semántico que utilizamos para construir nuestra identidad ante los demás. Y para reconocer la identidad de los otros. Los objetos más valorados son los que admiten una evolución técnica. Si un objeto no evoluciona, deja de consumirse o pasa a ser una reliquia, ‘el exotismo del objeto primitivo’. La fascinación por los automóviles, los ordenadores y la Blackberry procede de que su automatismo e independencia nos los configuran como casi-humanos. Lo que no dice Baudrillard es que muchos teléfonos móviles son más autónomos e independientes que muchas exnovias.

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La publicidad, apunta el sociólogo, no busca informar de las características del producto, sino proponer en la ubicuidad de sus manifestaciones (anuncios en televisión, en páginas webs, en marquesinas de autobús) dos evidencias paradisíacas: vives en libertad (que es la libertad de comprar) y trabajamos por tu integración en la sociedad. Consumir, por lo tanto y en cursiva, es elegir pertenecer. Resulta irónico que las ideas de Baudrillard hayan envejecido mejor que los productos de moda que pone como ejemplo; muchos de ellos ni siquiera existen ya. Que las ideas sigan funcionando al cabo de los siglos mientras que un miriñaque o un gramófono no sirvan a partir de determinado momento ni para señalarlos con el dedo me hace feliz. También es verdad que muchas otras ideas desaparecen antes que la tinta en una entrada de cine, pero eso también me hace feliz.

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Baudrillard estableció en 1968 en este ensayo las claves del consumismo y apenas dejó un resquicio para pensadores posteriores. Los franceses lo han pensado siempre todo del derecho y del revés, y por eso en España ‘pensar’ ha llegado a significar ‘aplaudir al francés’; porque nadie en España tiene nunca ninguna idea que no haya tenido antes un
francés. Tampoco nadie en España ha follado nunca de una manera que no haya follado antes un francés. Somos un país al que Francia le hace falta para pensar y para desvirgarse. Lo que no dice Baudrillard, sin embargo, y Foucault no tuvo tiempo de analizar, y por eso lo tengo que hacer yo, es que el ‘consumo de cocaína’ ha de considerarse en rigor como anticonsumo. Porque la cocaína, como producto, no evoluciona. Nació perfecta. Uno de sus seudónimos, ‘nieve’, tiene más que ver con esa perfección que con la burda similitud a primera vista. Además, la cocaína no hace publicidad y, desde luego, no admite quejas del consumidor a no ser que el consumidor sea negro y bastante musculado. Mientras que los yogures quitan y ponen vitamina C y nueces, la coca sigue siendo la misma y no por eso ha dejado de ser demandada.

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Esto quiere decir que la cocaína no se consume, que no forma parte del mercado según lo conocemos, sino de tiendas paralelas y abstractas que no participan de las estrategias de toxicidad intelectual de los colmados habituales en nuestras transacciones. Podemos afirmar que drogarse no es consumir en virtud de que nadie mira el precio de la droga, y además ese precio se paga con sumo gusto. Tampoco se atiende al hecho de que pueda haber sido fabricada por niños explotados; no importa mucho el diseño de su envoltorio, ni la ausencia en él de un sello con la fecha de caducidad. Además, la droga es el único producto que dispone de una anticampaña publicitaria: la que hace el Estado para disuadir de su consumo, amén de las leyes que la prohíben. Un producto que se consume masivamente cuando todo un aparato administrativo aconseja que no se consuma es un producto que no se consume: se vive. Y eso es sin duda una buena cosa. Algo sano. Algo que nos mejora como personas y nos libera del afán adquisitivo.

 

Artículo originalmente publicado en Revista Bostezo por Juan Mal Herido: Revista Bostezo de arte y Pensamiento, Año 2, Nº 6. Dossiere “Psicogeografía y derivados”. Página: 6.
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