¿Qué aprendimos de Ayotz1napa? A un año de los acontecimientos, sólo cabe la reflexión

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El pasado 26 de septiembre de 2015 se cumplió el primer aniversario de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos quienes fueron privados de su libertad en circunstancias que hasta el día de hoy siguen siendo obscuras y desconcertantes. No obstante, sin demeritar el peso de los acontecimientos, es lo que provocó, lo que ahora nos ocupa, pues fue el inicio de una serie de movilizaciones masivas que siguen siendo un reflejo de la voluntad de superar la crisis que ha sacudido hasta sus cimientos a la sociedad –no sólo mexicana-, sin embargo, en ese “sacudir los cimientos” pretendemos explotar una reflexión teórica, profundamente crítica. Pues la gran pregunta de fondo es explicarnos el por qué de su impacto, a quien corresponde la responsabilidad, y cuál es la dimensión real de ese impacto. Con ello no se pretende poner en duda el hecho de que fue articulado desde quien ostenta el poder en nuestro país, sino el cuestionarnos el sentido y el movimiento mismo de lo ocurrido en el último año. Llevar la reflexión hasta sus últimas consecuencias, es lo que ahora nos ocupa.

El primero de los tres puntos que trataremos de desbrozar se encuentra en el ámbito de un dilema moral inmediato. Pues uno podría cuestionarse por qué este fue el detonante (pues trágicamente no es el único acontecimiento fatídico que hemos vivido en los últimos años), es que acaso se debió a su carácter de estudiantes, al estar en el centro de una política “abiertamente socialista”, de hacer parte de uno de los estratos más marginados de la sociedad… La cuestión es, por qué la indignación explotó con Ayotzinapa y no con los feminicidios de Juárez, los miles de inmigrantes desaparecidos, la Guardería ABC, etc. (y con ese “etcétera” no pretendemos obviar los miles de crímenes trágicamente cotidianos, sino mostrar lo crítico del asunto).  Esto se resume en un ¿Por qué Ayotzinapa y no otro acontecimiento?

Para responder a ésta pregunta lo primero que tendríamos que tener en mente es el situarnos en el nivel de la conciencia inmediata, del sentido común. En el mundo de la promesa de la educación (pública o privada), es decir, de la educación en sí, como criterio de “progreso individual”. Pues, en la sociedad moderna, en la educación encontramos la promesa de un futuro mejor, aunque habríamos de precisar más, en cierto tipo de educación (pues no se piensa en filosofía, sociología o geografía cuando se habla en estos términos) que puede garantizarnos un mejor futuro, y así mismo, cuando se apela a “un mejor futuro” se piensa inmediatamente en un estatus socioeconómico medianamente alto (una vez más, no se piensa en igualdad, equidad, solidaridad, etc., sino en un cierto y específico tipo de bienestar social: la riqueza material).

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Ahora bien, esto nos lleva a respondernos parte de esa primera interrogante, pues el carácter de los normalistas habita en el imaginario social como el pobre que aspira, a través de ser un ciudadano modelo (y con eso no se quiere decir que tenga una integridad ética y moral, sino al hecho de ser propietario privado, “un emprendedor”), a la “superación personal”. Lo que se puso en cuestión con Ayotz1napa fue nada menos que la promesa de la sociedad moderna de que, a base de esfuerzo (representado por la educación) es posible aspirar a ese modelo de “una vida digna” (satisfacer la necesidad material en un mundo donde se prima lo material).

Desde luego, esto por sí mismo no habría sido suficiente para generar el impacto alcanzado en esas dimensiones. Pues, esto es algo que comparten tanto la Guardería ABC, los feminicidios de Juárez, etc., el sentido común nos diría que en lo común habita el problema, pero esto nos haría extraviarnos en lo común y perderíamos de vista lo específico del asunto, la singularidad de Ayotz1napa. Pues, a diferencia de los anteriores, este privar de “la promesa de la sociedad moderna” a los 43 estudiantes normalistas, no fue algo que ocurrió en el ámbito de lo privado. Es decir, no fue acometido por un cartel, un psicópata, o alguna organización delictiva independiente, sino que ocurrió en el plano de lo común: ¡fue el Estado!, se grita en las calles.

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Ahora bien, el por qué es tremendamente significativo que fuese un crimen de Estado, se encuentra en la organización misma de nuestra sociedad. La razón de ello habita en el plano de ese sentido común (la conciencia inmediata), pues lo lleva de un simple (por cotidiano) y fatídico acontecimiento, a la expresión de una contradicción fundada sobre otra contradicción fundante, la de la separación entre el Estado y la Sociedad Civil al interior de la sociedad moderna. Esta separación nos pondría de relieve que quien en teoría (el Estado), en nuestra particular forma de sociedad, debiese garantizar el cumplimiento de la organización social, no lo hace. El Estado no sólo no garantiza la promesa de superación individual -lo que permitiría como mera posibilidad, (una abstracción) de que (sólo) en teoría cualquiera pueda llegar a “triunfar” en ésta sociedad, en los límites que ya hemos trazado-, sino que sería él mismo quien la evitaría. Esa es la especificidad de Ayotz1napa: Ser un crimen de Estado.

A ésta característica particularidad podría hermanársele la condición histórica de ser un eco profundo de las circunstancias específicas de la expresión “mexicana” de la última ola de la revolución, de los sucesos ocurridos en el año de 1968. A su vez Estudiantes, reprimidos por el Estado (operado por el PRI), etc. Eso nos pone de relieve algo a dilucidar. Lo que se grita en las calles, y que en opinión de quien escribe se ha degenerado en una visión transhistórica de lo ocurrido, en la consigna “Fue, es y será el Estado”. Pues salta a la vista, la pregunta más complicada de todas, ¿por qué es un crimen de Estado?, que debe antecederse de una interrogante aún más específica, ¿qué es el Estado?; Este dilema si bien podría llevarnos a un dilema tremendo. Lo resolveremos a partir de enunciados que han sido demostrados en la pluma de Karl Marx en una alucinante polémica con Wilhelm Hegel.

Pero, debido a no ser nuestra intención el desbrozarlos, nos remitimos a señalar que la sociedad en general son todos los seres humanos, que por su mera condición de humanos hacen parte de esa idea en abstracto que es la sociedad. La cual, en algún punto y a través de determinadas circunstancias (que no nos toca analizar), se transfiguró (de distintas y a su vez determinas formas otras de sociedad; no necesariamente “feudales”, de hecho esa idea es muy problemática) a una comunidad en abstracto (lo que no ocurrió en todo el mundo, sino en lo que ahora es “Europa”, y que vía la conquista y colonización se expandió por el mundo).

Dicho de forma menos precisa, pero más inteligible, implica que la sociedad, si bien es una comunidad, esa comunidad ha quedado reducida a reproducirse privadamente, como propietarios privados, que se relacionan a través de una forma cosificada de apropiarse de la riqueza material (producto del trabajo social) a través del dinero, lo que provocó un distanciamiento entre quienes “ostentan el poder” y “quienes ejercen el poder”. La clave aquí, lo que nos interesa, es justo la diferencia entre “ostentar” y “ejercer” el poder. Pues, en teoría, la sociedad en su conjunto ostenta el poder, pero en la práctica, en la cotidianidad, ese poder a quedado recluido a un grupo específico, y que atiende a sus interese privados. Aquí viene un punto crucial, pues contrario a lo que por sentido común podríamos decir, esto no puede no ser así. La razón de ello, como ya se dijo, se encuentra en la forma privada de apropiarse y reproducir la riqueza social.

En ese sentido, habremos de precisar que hay un hiato entre el Estado y la Sociedad Civil en su conjunto, tanto en su conceptualización, como en la práctica misma. Pero, contrariamente a lo que por sentido común podríamos pensar. En esta organización social dicitómica no hay un afuera. Pues esos aparentes “afuera” en realidad son una instancia contradictoria y paradójica de la propia sociedad. Pues las comunidades, comunas, etc., si bien se comportan comunitariamente (y eso hay que aplaudirlo, pues tienen ahí su radicalidad), esa comunidad sólo es posible en tanto instancia de la propiedad privada. En nuestra sociedad al  interior de la propiedad privada, y sólo ahí, el ser humano es relativamente “libre” y esa libertad (con minúsculas) es posible debido a que existe un límite para esa libertad: La de la propiedad privada. Pues en la sociedad moderna, “el respeto al derecho [propiedad] ajeno, es la paz [la prolongación de la violencia por otros medios]”.

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Aún si en el plano de lo sensible, lo común tiene existencia, la comunidad termina ahí donde comienza el mercado, pues en el mercado las unidades de productores (asociados, autogestivos, comunitarios, etc.), debido a la singular forma de desplegar el trabajo en general, estos se relacionan entre sí de forma privada. Por ende, y sólo bajo esta forma de reproducir la vida social. Lo que no se resuelve al nivel del Estado, de lo comunitario, se vuelca hacía el ámbito de lo privado. Lo privado no es sino lo común enajenado de sí mismo, y el Estado no es sino lo común autonomizado. Únicamente en esos términos es posible entender por qué el “poder” no es algo ajeno, algo “exterior”, algo que se pueda “poseer” sino una mera forma que tienen los sujetos para relacionarse y que por sí mismo no tiene posibilidad de Ser.

En ese sentido vemos que existe una imprecisión conceptual en la consigna “Fue el Estado”, situándolo como algo “ajeno” o “exterior” a la Sociedad Civil, pues es en realidad (en nuestra sociedad) un no reconocimiento de lo que es el Estado. Lo que se vuelve terrible al afirmar que no sólo “fue”, sino que “es” y “será”, debido a que se naturaliza y se eterniza esta histórica condición de reproducirnos como sociedad, o dicho con mayor precisión, como comunidad enajenada de sí misma.

Esto nos lleva a otra interrogante, ante la que debemos evitar la respuesta “milagrosa” o “mesiánica” del problema, pues ante la interrogante, ¿Quién es el responsable?, y ante el ¿Cómo poder evitarlo?, la respuesta, consideramos, no se encuentra únicamente en un “quién ostenta el poder”, sumándole un, se soluciona “cambiándolo”. Pero hay que prestar puntual atención, pues estas acciones, si bien no son la solución, la solución necesariamente pasa por ellas. Pero no se mal interprete esta afirmación, pues como precisamos el poder no se posee (no está per se en las instituciones del Estado, en su corporalidad), sino que se ejerce por medio de la fuerza (policía, SEDENA, etc.), por ello, y sólo por ello, disputar el poder por fuera de las “instituciones” del Estado, si bien no lo hace imposible, lo vuelven una tarea titánica. Un David contra Goliat. Donde la resistencia, es únicamente eso, y no una alternativa real.

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Esto nos conduce de frente ante nuestra tercera cuestión a dilucidar, ¿cuál ha sido el impacto real de Ayotz1napa? La respuesta es contundente: Superficial (la mera consigna), inmediata (vivos se los llevaron, vivos los queremos), irreflexiva (“fue”, “es” y “será” el Estado) y profundamente moralista. Lo que no implica, desde luego, que no haya producido una cierta solidaridad, que no haya articulado en sus movilizaciones masivas a distintos y “antagónicos” sectores de la sociedad (al amigo anarquista con la chica del ITAM, a la compañera socióloga con un ingeniero industrial, y a la ama de casa con el insípido intelectual), o que no pueda ser la antesala para una acción más radical. Lo cual desde luego no pasa por desahogar cierta neurosis en un cajero en la ciudad. Pero esa radicalidad debe atender situaciones más contingentes, particularmente, el frenar la escalada de violencia que asola a nuestro país, pues con todo y lo limitado de esa discurcividad, “la paz” (esa prolongación de la violencia en otras instancias), en nuestras circunstancias específicas es un mejor escenario que al que ahora nos enfrentamos.

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En ese sentido habríamos de defender una política que intente, en primera instancia, desmilitarizar el país. Para ello habríamos de solucionar el problema de los mercados ilícitos, legitimador de esa política, lo cual pasaría por la necesidad de una legalización de la producción y no del consumo de substancias (ahora) ilícitas, pues con esa política se premia al consumidor, y simultáneamente se construye una disputa por el monopolio de esos mismos mercados, cuyo control se dirime con la más cruda de las violencias. Una realidad tan cruda, que impide incluso la reproducción “normal” (con lo irónico que pueda resultar) del propio capital. Pues no puede garantizar el flujo de otras mercancías, consolidando un monopolio de ciertas mercancías que si bien tienen salida a un determinado mercado destruyen por completo a las sociedades en donde se produce. Ese despliegue violento, es la fachada que nos impide ver, que lo ocurrido en Ayotz1napa, es en realidad, trágicamente cotidiano.

Fotografías: Armando Revueltas.

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