Conceptualizar la violencia

La violencia es quizá una de las categorías que más solemos utilizar al tratar de caracterizar momentos específicos a nuestro tiempo, no obstante, es una categoría en la que no solemos profundizar con la suficiente cautela, siéndonos por ende aún esquivo su concepto.

constitucion

Hablar de violencia desde la instancia de concepto implicaría no sólo dar cuenta de sus relaciones en cada una de sus dimensiones de la realidad social, en el que exista al menos un sujeto concreto –individual o colectivo- que vea mermada en alguna dimensión de su subjetividad y/u objetividad su posibilidad de desenvolver su existencia más allá de los límites objetivos que la propia realidad social impone. Desde donde apelamos a enunciados que afirman que la realidad es violenta «en abstracto» con el sujeto –individual o colectivo- que hace parte y constituye su sentido, no obstante, sin acudir a su conceptualización en tanto a cuanto de la categoría se dice, siempre en calidad de adjetivo.

Sin embargo, la razón de que la realidad social sea en sí misma violenta no encuentra su fundamento en su simple enunciación como posibilidad práctica. Es por ello que nos es preciso comenzar situando su esencia, desde la que podríamos comenzar a fundamentar a la violencia como concepto, desde luego sin desprecio pleno a su forma, pues forma y contenido no son sino dos dimensiones de una misma concreción de lo real en cuanto tal.

Partiendo de la relación que da sentido a lo humano, como naturaleza singular de la cual es posible distinguirle en tanto a cuanto forma parte de la naturaleza en general. Más no siendo absolutamente legislado por ella. Lo que dicho de otro modo nos llevaría a asumir como punto de partida una relación del Objeto que se rige bajo una legalidad absoluta, entendiendo por ello una enajenación, distancia o desprendimiento del objeto, en tanto a cuanto «es» naturaleza, de lo humano en cuanto Sujeto.

Lo que nos lleva a asumir que la realidad en sí misma posee un «algo» que le da “sentido” y al cual nos es posible enunciar en términos de «su» legalidad, pero siendo una legalidad que no le es inmanente sino que es propia al despliegue praxiológico[1] humano. El sujeto imprime una forma a la materia después de haberla modificado en un proceso que en cierta medida desarticula o violenta su propia legalidad, el ser humano impone así al mundo su propia legalidad de forma violenta.

En ese sentido podemos afirmar que tan sólo el ser humano es capaz de ser violento, entendiendo por ello no otra cosa que la vía utilizada por lo humano para establecer en el mundo su propia legalidad. Siendo la objetividad resultante la que aparecería no más como algo propio a la naturaleza sino como extensión de la autoconciencia en su mediación con ella. Una rama sería mediante su transformación[2] la extensión de la mano para atrapar un pez como si de la garra de un oso grizzli se tratase, violentando así la legalidad natural de la forma del árbol, imponiendo la legalidad de lo humano en cuanto mesa.

La violencia es pues en primera y fundamental instancia una forma de transformar al mundo natural por medio de lo humano[3] con el uso consciente de la fuerza, y en igual medida “puesto” de forma consistente, de ello se seguiría que la violencia está restringida al plano de lo humano. El animal, inserto en un orden establecido al que se somete pasivamente sin poder alterarlo, no conoce la violencia[4].

Es pues que la violencia es el medio específico de una praxis definiéndose a sí misma, en un proyecto específico y concreto. La praxis artística por ejemplo, no puede prescindir de la violencia para llevar a la instancia de escultura un pedazo de roca. Lo cual desde luego no implica que la violencia sea la única vía de mediación entre el sujeto humano y la naturaleza en general. No es que el hombre no pueda no entrar en relación violenta con los objetos, sino que esas vías (la contemplación, la valoración, la reflexión, etc.) no proporcionan la posibilidad de transgredir el «cuerpo» del objeto[5].

Si bien toda relación es violenta porque el «cuerpo del objeto» opone una resistencia física propia a su legalidad natural, ¿qué sucede cuando el cuerpo del objeto no sólo opone una resistencia física, cuando el cuerpo es capaz de enfrentarse a esa violencia por medio de una contraviolencia específica?

Eso es lo que ocurre en la praxis social, pues el «cuerpo humano» no sólo es carne y hueso, sino sensibilidad y entendimiento. Sin embargo, contrario a lo que se suele decir al apelar a la violencia, cuando se le observa oblicuamente de forma autonomizada, se puede llegar a caer en el error de considerarla como violencia no física. Craso error, toda violencia tiene como fundamento un «cuerpo» físico.

Pero ese «cuerpo» puede ver violada su legalidad de forma anónima, metafísica, entendiendo por ello no aquella apelación a lo trascendente (divino, la Empírea), sino a aquello que escapa a nuestra sensibilidad (lo empírico), pero que sin embargo reside en el plano del entendimiento (la razón)[6]. Este tipo de violencia es a lo que apelamos como violencia sistemática o estructural, propia al despliegue de las relaciones sociales.

En la praxis social el sujeto –individual o colectivo- imprime una fuerza al tratar de imponer una cierta legalidad al cuerpo del sujeto, en tanto objeto de dicha praxis. No sólo ocurre en las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista, pues la violencia siempre es puesta de manifiesto como potencia de una cierta capacidad humana, la de imponer su legalidad sobre aquel objetivo –objeto o sujeto- de dicha fuerza. A la cual se le antecede una racionalidad potencial, la del uso pleno de la violencia para arribar a un fin específico.

Históricamente la violencia es siempre un ejercicio, que al consolidarse deviene potencia, y a la cual no se le precisa más como acto, sino hasta que la contraviolencia comienza a aparecer, es ahí donde la violencia debe llevarse a cabo, pues la potencia adquirida en la consolidación de un proyecto específico, de un telos humano, aparece en carácter de necesidad consubstancial de dicho proyecto. Pero la violencia como acto es siempre respuesta a una contraviolencia, y a sí mismo, la contraviolencia no es sino respuesta a la violencia en acto, pues la violencia como potencia es en realidad acto normalizado, y la contraviolencia no es sino respuesta a la conducta normalizada de una violencia ya no como potencia sino como inmanente a ese acto en tanto a cuanto de dicha violencia depende.

La violencia es consubstancial a toda sociedad de escasez, bien sea está absoluta o relativa, entendiendo por sociedad de escasez a una incongruencia entre el sistema de capacidades (SC) y el sistema de necesidades (SN) de una experiencia social humana. Donde el SN está en relación directa al SC de dicha experiencia social humana. Tengo la capacidad de hacer lápices, porque tengo la necesidad de ellos. Así, todo lo real es racional y todo lo racional es real. Es real porque es necesario y es racional porque es posible[7].

En las sociedades que hemos experimentado hasta el día de hoy, ha primado una relación incongruente entre ambos sistemas, siendo hasta ahora la escasez la única relación social experimentada por el ser humano. Siendo relativa la relación de incongruencia SN≥SC, en donde me es necesario alimentarme, pero carezco de la capacidad para hacerlo. Y la relación SC≥SN, en donde se poseen las capacidades para alimentar al mundo entero, pero aun así se muere de hambre, siendo esta última una relación de escasez absoluta o artificial, propia al modo de producción social capitalista.

El capitalismo se distingue por tener como característica fundamental la utilización de la dinámica espacial para el desarrollo de las “áreas de mercado” que se componen de barreras espaciales (fronteras diferenciadas: libre flujo de mercancías, no así de sujetos), así como elementos de homogenización y diferenciación específicos (burocratización del consumo y restructuración de la producción: diferenciada y dirigida)[8]. Posibilitando la construcción de una presión de monopolio al pretendido “consumidor”, que es en realidad su auténtico productor, otorgando ventajas productivas y reproduciendo las desventajas adquisitivas en función al lugar que se ocupa en el desarrollo del proceso productivo a escala mundial.

Asignando a cada uno de esos espacios lógicas y dinámicas socioculturales de (producción y consumo: de bienes y significaciones particulares) igualmente distintas, pero otorgando la impresión de la individualidad selectiva, todo ello es siempre un proceso mediado por la violencia, bien sea directa o indirecta, siendo la primera el pleno uso de la fuerza, y la segunda en tanto a cuanto sea recibida como experiencia no sensible o arquetípica del uso de la fuerza, ambas teniendo por objetivo al cuerpo del sujeto –individual o colectivo-.

Lo que en su totalidad posibilitará el despliegue del capital: indivisibilidad en el suministro particular (rearticulación de flujos de capital y mercancías), y creación de efectos de sinergia. Aglomeración del capital en torno a un centro de baja producción material y alto consumo, cuyo fundamento es un incremento de las dinámicas de explotación en las zonas de bajo consumo e intensa producción material, traducido en disminución de costos tanto de transporte como de producción para el capital, pero de un incremento descomunal de las desigualdades sociales. Aconteciendo en todas las escalas del proceso de reproducción del capital, pero ocasiona que se diluya su comprensión como proceso global, pues se desligan los núcleos de reflexión de sus núcleos productivos[9]. Apareciendo el sujeto “explotado fabrilmente” como desprendido del sujeto “explotado servilmente”, así se pretende al sujeto que produce los “bienes y servicios” como no productivo, se escinde así al sujeto social.

Lo que nos da la pauta para analizar la dinámica social del capital y entender porque las ciudades se aglutinan y el campo cada vez se abandona más. La ciudad obedece a la división social y espacial del trabajo, funcionando en torno a la movilidad y a la idea de economías urbanas, toda actividad localizada desarrolla una compleja red de relaciones socioeconómicas que le permiten así ejercer un control jerárquico y diferenciado de la población. Lo que explica las políticas populistas diferenciadas y la fácil coacción de los votos, así como la radicalidad de sectores que no pueden llevar  a cabo la transformación real del proceso productivo y sectores que pueden llevarla a cabo pero que no lo ambicionan, pues la vida se les enfrenta como primera necesidad.

Contradictoria y paradójicamente esto aparece como una incontable cantidad de sujetos que no tienen la capacidad de integrarse al cada vez más estrecho mercado laboral, pues una de las contradicciones inherentes al capitalismo es el hecho de que al tecnificarse cada vez más requiere de un menor número de sujetos activos, lo que aumenta la competencia por los puestos de trabajo, disminuye la coerción al interior de los proyectos de unidad de los trabajadores, y permite la precarización del trabajo a escalas cada vez más diferenciadas[10].

Lo que por su parte ocasiona que se incremente cada vez más la demanda por un puesto de trabajo y no tanto por mejores condiciones del mismo, pues en ese sentido la marginalidad es una condición que se manifiesta como menos deseable que la explotación, pues es el «cuerpo del sujeto» el que se ve violentado, entre introducirse a la dinámica de reproducción social del modo de producción capitalista en donde el «cuerpo del sujeto» sufre una suerte de violencia anónima que lo obliga a decidir entre morir al margen de ese proceso o morir debido a insertarse en él.

Así pues es la violencia indirecta, un acto que normaliza en el plano de la subjetividad al trabajo explotado, apareciendo sensiblemente[11] (a nivel de lo empírico concreto) como necesidad, siendo sin embargo no necesario, lo que nos lleva pues a asumirlo como no racional, pues es pues la puesta en marcha de una capacidad que no es necesaria. Siendo la violencia directa un acto necesario para mantener el orden de violencia indirecta propia a la violencia sistémica o estructural propia al arquetipo de la experiencia social capitalista[12].

Una vez que se ha tratado de dar cuenta de ambas experiencias sociales, podríamos tratar de explicitar un momento histórico concreto en el que la violencia se experimenta desde ambas dimensiones. Obedeciendo a la primera, como trasfondo necesario de la segunda, podemos atender la experiencia social específica de reproducir el modo de producción social capitalista, dentro de un estado nacional específico en un momento concreto específico de su articulación, es decir, la experiencia social de vivir el Estado moderno  (México o Colombia, por ejemplo) en el proceso de su rearticulación al neoliberalismo en los últimos 30 años (1984-2014). Proceso que es en sí mismo violento para el sujeto -colectivo específico- (mexicanos o colombianos) que experimentamos la vida social dentro de estos patrones de reorganización societal. Y el segundo momento, a un proceso concreto de explosión de la violencia en su dimensión coyuntural, por ejemplo explosiones recurrentes de violencia coyuntural en Michoacán, Guerrero y Oaxaca (2003-2014) o Medellín y Bogotá (1989-1993). La reflexión de la violencia es pues, una necesidad histórica que nos obliga a repensar las formas en las que se la ha aproximado.

Ahora bien, en el contexto de esas dinámicas “el país” vivió una escalada de la violencia por ese motivo, pero para ello es preciso comprender que México ocupa en las dinámicas diferenciadas un lugar estratégico por sus recursos naturales, así como por el gran número de potenciales trabajadores, por ello la desarticulación de la educación es absolutamente deseable pues si la especialización en relación a las dinámicas globales baja, la única salida es la estratificación global del acceso al trabajo manual por contraposición al trabajo intelectual, reservado a los grandes centros de control de la dinámica global de reproducción del capitalismo contemporáneo, que desde luego no están en nuestro país.

Una dinámica que no es propia sólo a nuestro país sino que es consustancial a la periferia de los grandes núcleos de producción de significaciones sociales y consumo de materiales, propia a países como Colombia, Venezuela, Brasil etc. La escalada de violencia responde a esa dinámica, pues el crimen organizado es el primero en percatarse empíricamente de esas dinámicas siendo por tanto el primero en aprovecharlas, pues al aumentar el sector marginal debido a la integración a los Tratados de Libre Comercio de América del Norte[13], se provocó un incremento en las diferencias de producción/consumo de los espacios de reproducción de la sociabilidad. Pues al hacerse una integración diferenciada del mercado –excluyendo al trabajador del proceso de integración-, el núcleo de acumulación del capital se desplazó a Canadá y Estados Unidos, y el déficit producto de la precarización laboral se trasladó en sentido inverso a Colombia, México, etc.

Ahora bien, esta esquemática caracterización de las dimensiones propias a la experiencia de la realidad nos da cuenta de las dificultades iniciales para comenzar a reflexionar la violencia, pues en ese sentido podríamos caracterizar dos momentos lógico-argumentales de la violencia. 1) La expresada de forma objetiva y subjetiva sobre un sujeto concreto –en esta dimensión es siempre colectivo- de forma “estructural” o sistemática, y 2) La superpuesta a esa violencia sistemática que responde a la experiencia coyuntural del sujeto –individual o colectivo- en un momento específico del despliegue de su vida en sociedad.

Así pues hemos ya dado cuenta de la violencia sistemática o estructural, tanto en su despliegue directo e indirecto. Pero ahora bien, es preciso atender a la violencia coyuntural, en calidad de lo fundado por las dinámicas propias a la violencia sistemática o estructural.

La violencia coyuntural es pues lo fundado a partir de la legalidad inmanente al despliegue de la violencia sistemática o “estructural”. La violencia es explicada detenidamente debido a que uno de los sectores más afectados fue el campo, momento en que se da pie institucionalmente para la incorporación del campo a la dinámica “neoliberal” con la incorporación  que marca la tendencia a la industrialización extranjera que ejerce no sólo un control del campo mexicano, sino de las dinámicas sociales al interior de su anfitrión[14], provocando que el campesino que utiliza aún las dinámicas de producción rudimentaria no pueda competir con los acelerados ritmos de producción que impone la producción.

Razón por la cual, el crimen organizado o la migración, fueron las únicas vías que se abrían para una cada vez más grande masa de excluidos, no sólo del campo, pues al disminuirse el acceso a la educación superior, y reducirse además la posibilidad del ejercicio de las profesiones universitarias, el crimen organizado aparece como la delgada línea que separa de la vida o la muerte. Un problema social, más que una supuesta decisión personal. Así, pues los conflictos del narcotráfico obedecen a una lucha por el control de los mercados, internos y de exportación. Pues el crimen organizado lucra con la i-legalidad, entre más ilegal sea el negocio, la rentabilidad será mayor. Lo que explica perfectamente esas lecturas en donde el Estado se lee como narco-estado, pues el interés particular que triunfa al interior, es el control del mercado más lucrativo de todos, el que no debe pagar impuestos, el que no está sujeto a las dinámicas del control aduanero, es decir, el que funciona con carácter de renta[15].

Cuya base productiva, encuentra sus fundamentos en las zonas agrícolas más precarizadas de México. Si hacemos una esquemática revisión histórica de las zonas de mayor producción agropecuaria en los setentas, y las zonas de mayores conflictos por el despliegue de la violencia coyuntural directa veremos que empalman de “forma misteriosa”. Michoacán (Aguacate), Guerrero (frutos), Veracruz (café, papa, etc.), Sinaloa (jitomate), zonas en donde es muy fácil cultivar. Y debido a que la marihuana, amapola, etc. pueden crecer en cualquier clima, las regiones más fértiles del país, son también las más demandas por el crimen organizado. Así pues se puede entender perfectamente cómo es que la violencia generalizada explotó a raíz de los eventos, ocasionado en los últimos años.

Al igual que al entender las dinámicas que dan sentido al Estado, en sentido amplio[16]. Podemos atender con claridad las razones por las cuales, se suele considerar a México como un Estado fallido, sin embargo, como podemos ver, en realidad el Estado, es la mediación particular de los intereses generales, por tanto. El estado no es fallido, sino todo lo contrario, se ha articulado de tal manera que si existe una economía ilícita que da sentido a la reproducción del capital, el Estado obedece a esos intereses particulares. Sin atender estas consideraciones no podríamos entender por qué hay guerrilla en Guerrero, pues es simultáneamente una respuesta coyuntural de violencia directa, que respondió a su vez a las dinámicas propias a la violencia sistemática, no siendo sino una larga unión de posibilidades que se superponen unas a otras.

Es así como las visiones que pugnan por pensar en el sentido de que tanto: la escucha, escritura, la práctica y meditación que se repiten sucesivamente en los procesos de la creación son lo único que estaría jugando en el proceso de construcción del sujeto, en donde ese sujeto al trabajar sobre sí mismo, incluso en mediación con los demás o con el mundo, que es del lugar donde saca su material constitutivo[17]. Podría llegar a consolidarse por sí mismo como sujeto, pensando naïvement que es sólo la escritura de sí lo que consolida al sujeto, el límite de ese pensamiento que intenta pensar que sólo depende del sujeto el sentido de existencia de su construcción como sujeto. Develándose que ese proceso es resultado, incluso en ese sentido del lugar de enunciación, como margen de acción del sujeto.

En donde la colectividad reaparece como la única posibilidad de acción frontal, pero que nos obliga simultáneamente a no considerar la acción frontal como única vía de la emancipación, sino como principio regulador de un proyecto de largo alcance desde el que la escritura de sí fuese posible, y desde luego mediante el uso de la violencia coyuntural. Por lo cual, se pone de manifiesto la limitación que impone el pensar desde los esquemas propios a la academia. En donde subvertirla, en un sentido (re)productivo comienza a ser entonces una meta política al tratar de desentrañar las lógicas de (re)producción tanto del capital como del capitalismo en tanto relación social, así como las formas en las que se da cuenta de ello: el discurso como política.

Pero como veremos la violencia no se expresa coyunturalmente solamente de forma directa, sino de forma indirecta, dando pie a la parte más problemática en torno a la conceptualización de la violencia. Pues la violencia coyuntural indirecta está íntimamente relacionada a las dinámicas de segregación y exclusión propias al racismo y a la desigualdad de orden sexual. El cual es, haciendo un guiño a Foucault, una metafísica de la violencia cotidiana.

La violencia coyuntural indirecta no es tan evidente como lo es la directa, pero encuentra su fundamento en la violencia sistemática y su objetivo racionalidad fundamental en el «cuerpo del sujeto», los objetos de violencia coyuntural indirecta encuentran se despliegan generalmente en la vida cotidiana, el día a día propio a las dinámicas de las sociedades de escasez de la experiencia social humana. Y son tan sutiles que son insensibles, pues se interiorizan de tal forma que la condición de violencia se normaliza, lo que dicho de otra forma podríamos expresar como una violencia que es espejo de la violencia sistemática, igualmente atrapada en las dinámicas propias a la sociabilidad contemporánea.

Para poder atender este problema, es preciso plantearlo en términos del “ser ahí” del sujeto humano, que suele ser enunciado en términos de: raza, clase y sexo[18]. Si abstraemos conceptualmente a todo sujeto de las sus determinaciones históricas, la raza tendría sentido sólo a partir de un momento específico de construcción sociopolítica en donde se contraponen distintas racionalidades. La clase, por otro lado se desprendería del sentido de existencia de dichas culturas en una forma específica de construcción de subjetividades, ligadas a la forma de desplegar el momento productivo. El sexo presenta una dificultad debido a la naturaleza de una condición sexuada, no como determinación en sí, sino como condición de posibilidad en una construcción cultural, un punto nodal de esa constitución, pues se podría incluso abolir el sentido de ser una mujer negra excluida por oposición a una mujer blanca propietaria pero no se podrá abolir el hecho de que sea una mujer u hombre, no en tanto lo en la idea de mujer u hombre «es», sino a lo que con ellas se identifica.

Tanto la clase, el sexo y la raza son históricamente determinadas o definidas. Es decir, no son inherentes al «ser humano». Y desde ellas se desprende una condicionalidad propia a las dinámicas de reproducción social, en las que se despliegan la re-producción social, desde la producción y consumo tanto de significaciones como de relaciones sociales.

Así la violencia coyuntural, es pues una dinámica interiorizada de estas condiciones que se expresa coyunturalmente en momentos de incongruencia o de profunda experiencia de escasez. La mujer es castrada, no por su condición no humana (sensible), como reproductora en el ámbito de lo material sensible, sino porque en el plano del entendimiento existe una interiorización de una práctica social que la limita, violentándola, lo cual no es algo propio a su carácter sensible, recordemos que la violencia no existe en el mundo animal, lo que dicho de otra forma nos lleva a asumir que la violencia coyuntural indirecta, no depende de la melanina o la capacidad de engendrar, sino de las dinámicas propias a la sociabilidad humana, la cual se despliega en condiciones de escasez relativa y absoluta o artificial, y provoca reacciones de violencia, es decir de imposición coercitiva de una legalidad con la que el sujeto violentado no se reconoce.

 

BIBLIOGRAFÍA

Del Barco, O., 1979. Concepto y realidad en Marx (Tres notas). dialéctica, pp.7-26.

Deleuze, G., 2008. La filosofía crítica de Kant. Madrid: Cátedra.

Echeverría, B., 1977. Comentario dos: Sobre el “punto de partida” de El capital. Investigación Económica, 4.

Echeverría, B., 1986. El discurso crítico de Marx. México: Ediciones Era.

Echeverría, B., 2010. Definición de la cultura. México: FCE e Itaca.

Figari, P., 1960. Arte, Estética, Ideal. Tomo I. Montevideo: Biblioteca Artigas.

Harvey, D., 2000. Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia. Madrid: Akal.

Harvey, D., 2011. Le capitalisme contre le droit à la ville. Neolibéralisme, urbanisation et résistances. Paris: Éditions Amsterdam.

Lefebvre, H., 2013. La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.

Lukács, G., 1974. Estética I. Cuestiones preliminares y de principio. México-Buenos Aires-Barcelona: Editorial Grijalbo.

Marcuse, H., 1968. Eros et civilisation. Paris: Les éditions de minuit.

Marx, K., 2005. La tecnología del Capital. Subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización. Extractos del Manuscrito 61-63. México: Itaca.

Marx, K., 2011. El Capital (Tomo I) [3 volúmenes]. México: Siglo XXI.

McKninnon, S., 2012. Genética Neoliberal. Mitos y moralejas de la psicología evolucionista. México: FCE.

Rubio, B., 2001. Explotados y excluidos. Los campesinos latinoamericanos en la fase neoliberal. México: Plaza y Valdez.

Sanchéz Vázquez, A., 2013. Filosofía de la Praxis. México: Siglo XXI.

Veraza, J., 1983. Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida. Críticas de la Economía Política, 22/23.

Zavaleta Mercado, R., 1986. El estado en América Latina. América, ayer y hoy, pp.81-93.

Zizek, S., 2010. En defensa de la intolerancia. Madrid: Pensamiento Crítico.

 

 

[1] Toda praxis es proceso de formación o, más exactamente, de trasformación de una materia. Adolfo Sanchéz Vázquez, Filosofía de la Praxis (México: Siglo XXI, 2013).

[2] La idea de “trans-formación” implica el llevar más allá de su forma natural a algo –concreto o abstracto-. Pues de forma esencial el llevar más allá de su forma natural a un árbol, puede ser llevarlo a la instancia de madera, una vez que existe la madera, no sería más preciso la existencia propia del árbol en sí mismo sino el árbol en cuanto madera para así transformar la madera en un bote, una mesa, una silla… o cualquier otra objetividad. Adolfo Sanchéz Vázquez, Filosofía de la Praxis (México: Siglo XXI, 2013) (p. 318).

[3] En la naturaleza hay fuerzas naturales, pero la violencia no es la fuerza en sí, o en acto, sino el uso de la fuerza. De ahí el carácter exclusivamente humano de la violencia. Ibídem (p. 447).

[4] Ibídem (p. 447).

[5] Ibídem (p. 459).

[6] Gilles Deleuze, La filosofía crítica de Kant (Madrid: Cátedra, 2008).

[7] Bolívar Echeverría, El discurso crítico de Marx. (México: Ediciones Era, 1986).

[8] David Harvey, Le capitalisme contre le droit à la ville. Neolibéralisme, urbanisation et résistances (Paris: Éditions Amsterdam, 2011).

[9] David Harvey, Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia (Madrid: Akal, 2000).

[10] Karl Marx, La tecnología del Capital. Subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización. Extractos del Manuscrito 61-63. (México: Itaca, 2005).

[11] Gilles Deleuze, La filosofía crítica de Kant (Madrid: Cátedra, 2008).

[12] Georg Lukács, Estética I. Cuestiones preliminares y de principio (México-Buenos Aires-Barcelona: Editorial Grijalbo, 1974).

[13] Blanca Rubio, Explotados y excluidos. Los campesinos latinoamericanos en la face neoliberal (México: Plaza y Valdez, 2001).

[14] Blanca Rubio, Explotados y excluidos. Los campesinos latinoamericanos en la face neoliberal (México: Plaza y Valdez, 2001).

[15] Jorge Veraza, ‘Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida’, Críticas de la Economía Política, 22/23 (1983).

[16] Rene Zavaleta Mercado, ‘El estado en América Latina’, América, ayer y hoy, 1986, 81-93.

[17] Slavoj Zizek, En defensa de la intolerancia (Madrid: Pensamiento Crítico, 2010).

[18] Susan McKninnon, Genética Neoliberal. Mitos y moralejas de la psicología evolucionista (México: FCE, 2012).

¿Que opinas?

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.