Ayotzinapa 2014: El Estado mexicano en la rearticulación del capitalismo

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The peoples must be prepared to win their liberation themselves for nobody else would do it for them […] they must do so by direct action.

Eric Hobsbawm[1]

En los últimos meses, a raíz de los eventos ocurridos en torno al 2 de octubre de 2014 donde en un pleno ejercicio de la violencia de Estado se asesinó y desapareció a un total de 43 estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos[2], se ha comenzado a desplegar una manifestación masiva que ha comenzado a exponer las deficiencias en torno a las cuales leíamos el desenvolvimiento de lo político[3], en donde la política abandona su aparente estatus de potencia particular de la autoseñalada “clase gobernante”, pero ese abandono de la comprensión de lo particular cual símil del capitalismo contemporáneo presenta también un desarrollo desigual que noa imposibilita la articulación de la lucha.

Pretendemos por ende mostrar que esto ha ocurrido así debido a las formas en las que los sistemas de control de la socialidad han refinado a tal grado sus articulaciones que los patrones de lucha basados en los modelos de reproducción del capital del periodo fordista no nos son suficientes, pues el capitalismo -a diferencia de las organizaciones sociales- no es más un momento de la socialidad sino la socialidad en sí misma, claro, sólo en los espacios desde donde se gestiona su reproducción. Ocasionándo que las luchas no logren articularse viéndose rebasadas en el enfrentamiento frontal con la expresión aparencial del Estado, es decir, con su figura institucional y sus estructuras para el ejercicio de la violencia.

Aconteciendo así un impasse de la “organización política”, debido a una compresión y proyección diferenciada en el ejercicio de la violencia revolucionaria. Vemos una diferenciación explicita entre las distintas expresiones de la lucha, escindiéndose en reivindicaciones pretendidas particulares. Quizá sea preciso comenzar atendiendo una diferencia sutil que suele ocasionar álgidas discusiones en el seno de las organizaciones estudiantiles, me refiero a la comprensión del Estado en donde se le piensa generalmente de forma inmediata[4] como las instituciones cuyo carácter de formalidad es incuestionable por las relaciones sociales de producción de significaciones que dan sentido a lo que entendemos por “País”, pero las cuales sólo pueden ser articuladas desde su propio seno, desde su verticalidad institucionalizada en el ejercicio de lo político: Educación, Salud, Seguridad, etc.

Sin embargo, es preciso distinguirlo para la articulación de un proyecto que se pretenda revolucionario, entendiendo por ello no sólo las clásicas vías doctrinarias de la revolución -socialista, comunista, etc.- sino al enfrentamiento de los patrones hegemónicos en el ejercicio de control de la reproducción de la socialidad. Una lucha que se articule atendiendo la supreción de sus pretendidas diferencias esenciales: Sexo, clase o raza[5].

Apuntamos que si bien existen epistemologías fundamentales para la revolución cotidiana, algunas de ellas se muestran insuficientes en coyunturas como a la que acontecemos, pero a su vez, las epistemologías tradicionales del ejercicio de la violencia de masas se presentan incompletas. Siendo la discusión emprendida entre un joven Karl Marx y Wilhelm Hegel la vía que consideramos más adecuada para su comprensión, habría de recalcarse a este punto que el Estado es siempre una mediación que particulariza la universalidad, por tanto, siempre existirá un estrato marginal al ejercicio de su consolidación, donde la autonomía se presenta como la figura posible que subvierte esa relación. Más aún siendo este una realidad inmediata a nuestras condiciones sociales que tiene bajo su control el ejercicio pleno de la violencia, directa o sistemática, nos es preciso entenderlo en su complejidad.

El problema del Estado para Hegel[6] obedece al pleno ejercicio de la razón[7],[8], en torno a la contradicción que surge a raíz del capitalismo en donde a los intereses particulares al seno de la socialidad se antepone el interés general al que obedecería el pleno ejercicio de una comunidad política. No existiendo una unidimensionalidad entre las formas en que se debe reproducir dicha sociedad y el control de dichas formas, se encuentra escindida y por tanto dominada desde una de sus particularidades, donde el Estado surge como posibilidad de su rearticulación.

Marx apuntalará sin embargo que el Estado es siempre partidario del interés particular, por el simple hecho de que el que ejerce el control de la reproducción social-natural es siempre el que tiene los medios necesarios para apuntalar el dominio del control de la socialidad. En términos del Marx del Capital, quien posee los medios de producción –en sentido amplio-, posee también el pleno control de su dinámica, siendo por ende quien ostenta la razón que dirige el sentido de su reproducción por sobre la población[9].

Si bien “Hegel es completamente consiente de esta contradicción de la sociedad civil [interés general], ósea del capitalismo, que Marx desarrollará y fundamentará en forma inapelable […] la solución que propone es de corte netamente imperialista, se trata de la propuesta de colonización de nuevas tierras, con lo cual el Estado encuentra a otros pueblos como consumidores, una parte de la población retorna al principio familiar [interés particular] y comienza la dialéctica de un nuevo Estado, y finalmente logra un nuevo campo de aplicación de su trabajo[10] (Dri, 2000: 232)”.

Marx por el contrario nos llevaría a la superación del capitalismo, sabriamos así que mientras este exista la contradicción no tiene solución, suerguiendo el estado ético de Hegel como la vía más inmediata de subvertir el orden social, pero no como un fin en sí mismo sino como la mediación necesaria para rearticular a la comunidad política: aquella que tiene el pleno control sobre su reproducción.

Una vía aún más inmediata nos llevaría desde luego al ejercicio pleno de la autonomía generalizada, sin embargo, como se ha mencionado esto es imposible en las condiciones actuales pues la política se ejerce de forma diferenciada, e inversamente proporcional: Donde existen las mejores condiciones para el ejercicio pleno de la autonomía se ejerce menos control sobre esta figura que toma el control de la reproducción, el Estado de origen colonial, desde donde se construyen las bases del control del ejercicio del poder, escindido del control de la reproducción social. El mercado presupuesto como escindido del Estado, pero que se nos revela como su racionalidad inmanente.

Su razón de ser, que si bien es una abstracción subjetivada de las relaciones sociales que dan sentido a la forma en que se manifiesta la reproducción social-natural; obligándonos a entender al Estado en su posibilidad y no sólo en su concreción, pues su esencia estaría en íntima relación a las formas en que se configure la reproducción, siendo quien ejerce el control legítimo de la violencia, por ello y paradójicamente, su pleno control es condición de posibilidad para el despliegue de la autogestión generalizada, por la contradicción antes señalada, Pues entre más radical sea la autogestión más vulnerable será a los ataques del ejercicio pleno de la violencia del Estado, siendo Ayotzinapa una consecuencia de su sentido y no su pretendida deformación.

Pues si el Estado es expresión del interés particular, aparece como vía para el control del mercado, siendo una posición estratégica en la lucha por el control de la reproducción social[11]. Lo que nos lleva a considerar al Estado Mexicano como un vehículo -pero no como cualquier otro- del mercado mundial, pero que resguarda la posibilidad del principio de las vías autogestoras, pues es el reglejo de la sociedad que lo encarna.

Ya sea la competencia de “capitales” (nacionales, regionales y locales) en la dinámica de la división internacional del trabajo, o la posibilidad del control de las vías no represivas; al ser una realidad inmediata a nuestra condición social, es un espacio de lucha en el que el precio de su no intervención es el debilitamiento de las vías que pretenden la construcción de un nuevo mundo posible, pues entre más cercano al control del ejercicio del interés engendrado en la acumulación, menos abierto al diálogo, y más dispuesto estará a la represión sangrienta e indomable de la sociedad que se revele, incluso si la vía es “la protesta pacífica”, será el terrorismo de Estado la respuesta.

La cuestión es ahora, entender las dinámicas que dan sentido a la reproducción del interés particular, pretendido general: El Capital; Desde el interior de su lógica se presenta como una absoluta dinámica que envuelve a toda una articulación de procesos sociales profundamente heterogéneos. Para ello una noción como la de escala social[12] nos es fundamental, es decir, la conformación abstracta a partir de la que se entiende, un rasgo, una característica o un conjunto de objetivadas proyecciones humanas con un propósito concreto. Es, a su vez, el proceso de abstracción de la totalidad en abstracto a la concreta abstracción de un fenómeno social, pues en todo sentido, las escalas son productos sociales, ya sea en la abstracta fantasía de la aparente realidad o en la realidad no aparente en la fantástica abstracción que sobrepasa al análisis en lo concreto. Las escalas son producidas simultáneamente: por aquel que al estudiar a los fenómenos construye la escala y por aquel que en su cotidianidad construye a dichos fenómenos. Una cotidianidad cuyo sentido se rige por los parámetros y límites al seno de dicha forma de organización social al interior, pero que debe responder a las necesidades que su supervivencia demanda desde el exterior.

La cuestión nos lleva entonces al lugar en el que re-nace y se sostiene el modo de producción social capitalista ese que se ha tocado tangencialmente a lo largo de los despliegues de la cotidianeidad que sin embargo son y no son en sí mismos momentos ajenos en todo sentido a la familia: son en tanto núcleo de la reproducción ideológica, no son, en tanto espacios que determinan a su vez la reproducción de dicho núcleo de socialidad. La familia es el momento de la producción y del consumo, la familia es entonces, la forma más singular y concreta del despliegue de la totalidad, el núcleo de las sociedades burocráticas de consumo dirigido. Sin embargo, para entender a la familia es preciso tener en consideración las mediaciones que se han construido, pues la familia no es un producto del capitalismo, es una estructura anterior sobre la que el capitalismo se montó, no en los falsos términos conceptuales que el Marxismo clásico ha convertido en ideología de la relación –estructura/superestructura- sino como metáfora de un proceso de incorporación de una nueva determinación social en una anterior, que ha llegado a tal punto que se pueden entender como una misma, en que, no puede hablarse de familia sin pensarla burguesa, sin pensarla concreción del despliegue de la cotidianeidad.

Pero estaríamos una vez más en un equívoco pues la familia es sólo la expresión formal de una característica ancestral: la comunidad. Empero, en una sociedad desgarrada como esta, es evidente que ese supuesto núcleo de la reproducción social se encuentra desprendido de su pretendido sentido originario, donde el ideal de la familia burguesa no es sino una condición social que sólo puede llevarse a cabo de forma diferenciada. Pues una estructura orgánica requiere de un determinado tiempo de trabajo social: convivencia, trato constante, apoyo, etc. Pero que puede darse tan sólo en mayor medida si se tienen las condiciones materiales para la reproducción cubiertas y es más difícil en situaciones particulares en donde la familia tiene como prioridad las condiciones materiales que permitirán su reproducción objetiva y las condiciones subjetivas pasan a segundo plano. Este un punto que nos permitirá entender el triunfo del narcotráfico en nuestra sociedad abigarrada: Añorando la tradición como ideal y enfrentándose a la realidad de ese ideal imposibilitado.

En dicho sentido la vida cotidiana en sus amplias dimensiones se concibe en su totalidad como ideología, en los términos de Ludovico Silva, pues “la ideología vive y se desarrolla en la estructura social misma, en su continuación interior, y tiene dentro de ella un papel cotidiano y activo. En concordancia con una estructura económica dominada por la explotación, la ideología [de la vida cotidiana] ha llenado un papel de justificadora de esa explotación (Silva, 1974. Pág.35)”. La cuestión entonces es en qué términos es la cotidianidad ideológica, por lo cual es preciso entender que la ideología es “un sistema de valores, creencias y representaciones que autogeneran necesariamente las sociedades en cuya estructura haya relaciones de explotación a fin de justificar idealmente su propia estructura material de explotación, consagrándola en la mente como un orden “natural” e inevitable (Silva, 1974. Pág.19)” es entonces necesario desprender los dos tipos de elementos ideológicos en el despliegue de la cotidianeidad; Los que pueden o no ser ideológicos y los que son siempre ideológicos.

En los propios al primer elemento podemos a su vez desprender tres: Los elementos políticos, científicos y artísticos. Que juegan un papel sumamente importante en la conformación de la ideología dominante en la que se sustenta la vida cotidiana y a los cuales debemos desprender dicha ideología para poder plantear desde ellos la posibilidad de una vida no cotidiana sino de una forma social otra.

Así mismo debemos desprendernos de los elementos que son siempre ideológicos, los morales y los religiosos –en términos judeocristianos-. Pues estos son los que plantean el momento más ideológico del despliegue de la cotidianeidad, pues implican la atadura a una forma social anterior que el capital ha utilizado para afirmarse como forma social domínate, es por ello que es incluso necesario mostrar que la vida cotidiana en las sociedades burocráticas de consumo dirigido es en todos sentidos la afirmación, en términos ideológicos, del orden social dominante, de la esencia capitalista en todas y cada una de las formas particulares del despliegue de la cotidianeidad.

Sin embargo, plantearíamos una distinción que no puede pasar desapercibida, si bien la cotidianidad se construye en función a las prácticas concretas con las que nos relacionamos, dichas prácticas están en intima consonancia con la vida particular que desempeñemos en función a nuestro papel singular dentro de la división internacional del trabajo, es decir, al papel que ocupemos en la escala social, siempre diferenciada. Sin atender estas consideraciones no podríamos entender por qué hay guerrilla en Guerrero y es posible cerrar un aeropuerto con la plena legitimidad del pueblo y en el Distrito Federal, llevar a cabo una acción como esa, está ideológicamente cuestionado.

Las diferencias a las que apelamos pueden incluso expresarse al manifestarse como una profunda desarticulación en tanto las formas mediante las cuales se es partícipe del proceso de su cognición. Las formas en las que se le aproxima intelectualmente, lo que acarrea sin duda su justificación; justificando así la dominación y la explotación, afirmación que se manifiesta en primera instancia cuando el trabajador no se identifica más con su actividad creadora –con el producto de su propio trabajo-, y en última instancia cuando el “intelectual” no identifica al proceso económico con el político, lo que ocasiona, paralelo a los procesos que articulan al capital pero en opuesta dirección, una visión distorsionada de la realidad social en donde economía y política se presenten como entidades independientes y en donde los procesos de revuelta aparecen como expresiones espontaneas y desarticuladas de la dinámica social desde su lectura en los núcleos de reproducción del capital: las ciudades.

Es así como las visiones que pugnan por pensar en el sentido de que tanto: la escucha, escritura, la práctica y meditación que se repiten sucesivamente en los procesos de la creación son lo único que estaría jugando en el proceso de construcción del sujeto, en donde ese sujeto al trabajar sobre sí mismo, incluso en mediación con los demás o con el mundo, que es del lugar donde saca su material constitutivo. Podría llegar a consolidarse por sí mismo como sujeto, pensando naïvement que es sólo la escritura de sí lo que consolida al sujeto, el límite de ese pensamiento que intenta pensar que sólo depende del sujeto el sentido de existencia de su construcción como sujeto. Develándose que ese proceso es resultado, incluso en ese sentido del lugar de enunciación, como margen de acción del sujeto.

En donde la colectividad reaparece como la única posibilidad de acción frontal, pero que nos obliga simutaneamente a no considerar la acción frontal como única vía de la emancipación, sino como principio regulador de un proyecto de largo alcance desde el que “la escritura de sí fuese posible”. Por lo cual, se pone de manifiesto la limitación que impone el pensar desde los esquemas propios a la academia. En donde subvertirla, en un sentido (re)productivo comienza a ser entonces una meta política al tratar de desentrañar las lógicas de (re)producción tanto del capital como del capitalismo en tanto relación social, así como las formas en las que se da cuenta de ello: el discurso como política.

Tal cuestión nos llevaría a pensar en una suerte de instancias del discurso en el que se debiese someter a juicio la posición tanto del autor, del discurso y del sentido de dicho discurso. En el que se trataría de buscar, no un equilibrio sino un peso que logre contraponer los esquemas reflexivos al modo hegemónico de pensar. En el que no es posible dar un peso per se a cada uno de los momentos, sino más bien de forma relacional y diferenciada –para articular la lucha y entender su posibilidad-, es decir, en función a las instancias en torno al discurso, y as las prácticas materiales que lo producen, en donde lo fundamental (esencia) y lo fundado (forma) devienen uno. Pues el momento electivo es desde un lugar de enunciación específico la condición de posibilidad para la reflexión contra hegemónica –huelga aclarar que esto no es sólo un momento reflexivo sino práctico- abandonando la idea de una posición privilegiada, pues ese hecho no hace sino perpetuarla.

No así desde una posición subalterna en sí misma, pero en este punto es preciso aclarar que es una cuestión igualmente electivo-formativa, pues el posicionarse desde la condición de existencia subalterna sin las mediaciones pertinentes puede llegar a ser en determinadas circunstancias problemático pues nos lleva la violencia revolucionaria mal dirigida: El anarquismo inmediatista, en tanto practica de destrucción material, la cual no debe ser criminalizado per se sino redimensionada en tanto las formas en que se podría articular una vía revolucionaria con sentido práctico, una vez más la acción en sí misma nos revela una expresión diferenciada de la protesta.

Ahora bien, una vez que se han atendido las distintas dimensiones de las que se es parte en la reproducción del capital en sí y del capitalismo como relación social es preciso atenderlo, entendido que no sólo funciona de forma diferenciada, sino que además se expresa productiva y consuntivamente de la misma forma. Pero tratemos de atenderlo en su especificidad.

El capitalismo se distingue por tener como característica fundamental la utilización de la dinámica espacial para el desarrollo de las “áreas de mercado” que se componen de barreras espaciales (fronteras diferenciadas[13]) y elementos de diferenciación específicos (burocratización del consumo/producción: diferenciado y dirigido[14]). Posibilitando la construcción de una presión del monopolio al consumidor, otorgando ventajas productivas y reproduciendo las desventajas adquisitivas en función al lugar que se ocupa en el desarrollo del proceso productivo a escala mundial. Asignando a cada uno de esos espacios lógicas y dinámicas socioculturales de (producción y consumo: de bienes y significaciones particulares) igualmente distintas, pero otorgando la impresión de la individualidad selectiva.

Lo que en su totalidad posibilitará el despliegue del capital: indivisibilidad en el suministro particular –rearticulación de los flujo de capitales y mercancías- y creación de efectos de sinergia: Aglomeración del capital en torno a un centro de baja producción y alto consumo, cuyo fundamento es un incremento de las dinámicas de explotación en las zonas de bajo consumo e intensa producción, traducido en disminución de costos tanto de transporte como de producción para el capital, pero de un incremento descomunal de las desigualdades sociales. Esto desde luego ocurre en todas las escalas del proceso de reproducción del capital, pero ocasiona que se diluya su comprensión como proceso global, pues se desligan los núcleos de reflexión de los núcleos productivos.

Lo que nos da la pauta para analizar la dinámica social del capital y entender porque las ciudades se aglutinan y el campo cada vez se abandona más. La ciudad obedece a la división social-espacial del trabajo, funcionando en torno a la movilidad y a la idea de economías urbanas, toda actividad localizada desarrolla una compleja red de relaciones socioeconómicas que le permiten así ejercer un control jerárquico y diferenciado de la población. Lo que explica las políticas populistas diferenciadas y la fácil coacción de los votos, así como la radicalidad de sectores que no pueden llevar  a cabo la transformación real del proceso productivo y sectores que pueden llevarla a cabo pero que no lo ambicionan, pues la vida se les enfrenta como primera necesidad.

Contradictoria y paradójicamente una incontable cantidad de sujetos que no tienen la capacidad de integrarse al cada vez más estrecho mercado laboral, pues una de las contradicciones inherentes al capitalismo contemporáneo es el hecho de que al tecnificarse cada vez más, requiere de un menor número de obreros activos, lo que aumenta la competencia por los puestos de trabajo, disminuye la coerción al interior de los proyectos de unidad de los trabajadores, y permite la precarización del trabajo a escalas cada vez más diferenciadas. Lo que por su parte ocasiona que se incremente cada vez más la demanda por un puesto de trabajo y no tanto por mejores condiciones del mismo, pues en ese sentido la marginalidad es una condición que se manifiesta como menos deseable que la explotación. Absolutamente entendible.

Ahora bien, en el contexto de esas dinámicas el país vivió una escalada de la violencia por ese motivo, pero para ello es preciso comprender que México ocupa en las dinámicas diferenciadas un lugar estratégico por sus recursos naturales, así como por el gran número de potenciales trabajadores, por ello la desarticulación de la educación es absolutamente deseable, pues si la especialización en relación a las dinámicas globales baja, la única salida es la estratificación global del acceso al trabajo manual por contraposición al trabajo intelectual, reservado a los grandes centros de control de la dinámica global de reproducción del capitalismo contemporáneo, que desde luego no están en nuestro país.

La escalada de violencia responde a esa dinámica, pues el crimen organizado es el primero en percatarse empíricamente de esas dinámicas siendo por tanto el primero en aprovecharlas, pues al aumentar el sector marginal debido a la integración de México a los Tratados de Libre Comercio de América del Norte, se provocó un incremento en las diferencias de producción/consumo de los espacios de reproducción de la sociabilidad. Pues al hacerse una integración diferenciada del mercado –excluyendo al trabajador del proceso de integración-, el núcleo de acumulación del capital se desplazó de México a Canadá y Estados Unidos y el déficit producto de la precarización laboral se trasladó en sentido inverso.

La violencia se explicada detenidamente debido a que uno de los sectores más afectados fue el campo, momento en que se da pie institucionalmente para la incorporación del campo a la dinámica “neoliberal[15]” con la incorporación de la Agroindustria Exportadora[16]  que marca la tendencia a la industrialización extranjera que ejerce no sólo un control del campo mexicano, sino de las dinámicas sociales al interior de su anfitrión[17], provocando que el campesino que utiliza aún las dinámicas de producción rudimentaria no pueda competir con los acelerados ritmos de producción que impone la producción “si en los setenta fue un combate contra la proletarización, hoy los hombre del campo saben que se enfrentan a la exclusión (Bartra, 2003: 11)”.

Razón por la cual, el crimen organizado o la migración, fueron las únicas vías que se abrían para una cada vez más grande masa de excluidos, no sólo del campo, pues al disminuirse el acceso a la educación superior, y reducirse además la posibilidad del ejercicio de las profesiones universitarias, el crimen organizado aparece como la delgada línea que separa de la vida o la muerte. Un problema social, más que una supuesta decisión personal. Así, pues los conflictos del narcotráfico obedecen a una lucha por el control de los mercados, internos y de exportación. Pues el crimen organizado al lucrar con la ilegalidad, entre más ilegal sea el negocio, la rentabilidad será mayor. Lo que explica perfectamente esas lecturas en donde el estado se lee como narco-estado, pues el interés particular que triunfa al interior, es el control del mercado más lucrativo de todos, el que no debe pagar impuestos, el que no está sujeto a las dinámicas del control aduanero, es decir, el que funciona con carácter de renta.

Cuya base productiva, encuentra sus fundamentos en las zonas agrícolas más precarizadas de México. Si hacemos una esquemática revisión histórica de las zonas de mayor producción agropecuaria en los setentas, y las zonas de mayores conflictos por el despliegue de la violencia directa veremos que empalman de forma misteriosa. Michoacán (Aguacate), Guerrero (frutos), Veracruz (café, papa, etc.), Sinaloa (jitomate), zonas en donde es muy fácil cultivar. Y debido a que la marihuana, amapola, etc. pueden crecer en cualquier clima, las regiones más fértiles del país, son también las más demandas por el crimen organizado. Que como vemos, es sin duda el mejor ejemplo de “emprendurismo” del país, aprovechándose de un mercado al que nadie prestó atención en el pretendido sueño idílico de la integración mercantil mundial.

Así pues se puede entender perfectamente cómo es que la violencia generalizada explotó a raíz de los eventos, ocasionado en los últimos años. Al igual que al entender las dinámicas que dan sentido al Estado, en sentido amplio. Podemos atender con claridad las razones por las cuales, se suele considerar a México como un Estado fallido, sin embargo, como podemos ver, en realidad el Estado, es la mediación particular de los intereses generales, por tanto. El estado no es fallido, sino todo lo contrario, se ha articulado de tal manera que si existe una economía ilícita que da sentido a la reproducción del capital, el Estado obedece a esos intereses particulares.

Ahora bien, el problema que enfrentamos es entonces que ese mecanismo de reproducción social violenta tiene el pleno control en el uso de la “violencia legítima”, es decir, el crimen organizado tiene una lectura empírica que trasciende los escuetos análisis de la intelligentzia académica. Y por tanto se ha hecho con el control de ese mecanismo. Sin embargo, como hemos demostrado esquemáticamente, al construirse una sociedad heterogénea y diferenciada en las dinámicas propias e inherentes al capitalismo, sea o no en su fase neoliberal, con quien negociar, como se ha visto es imposible. Lo que se nos demanda es una organización no diferenciada, pero que trascienda y atraviese todos los estratos de esa sociedad diferenciada. Pues los intereses de la clase trabajadora –entendiendo por esto, a los sectores que participan de forma inmediata en la reproducción del capital en su fase productiva, y a los servicios que permiten esas dinámicas- no son desde luego los intereses de la mayoría de la población. Por el simple hecho de que no existe ya una articulación entre ambos.

Es preciso construir una política diferenciada, para una sociedad diferenciada. Pero, articulando dicha política en función a las formas de expresión de la lucha, eso empieza no defendiendo como premisa fundamental la dicotomía entre la radicalidad en el ejercicio de la  violencia o la protesta pacífica. Cuyo resultado es la fatiga y la pronta disolución del movimiento. Es preciso hacer una reivindicación de la violencia revolucionaria, incluso si no se le ejerce.

Ahora bien por último arribamos a nuestra inmediatez,  el sector estudiantil. Siendo evidente que la efervescencia que se siente en el país nos motiva a organizarnos de una forma en la que no debamos estar necesariamente de acuerdo con las distintas formas de ejercer la protesta, pero el momento político que vivimos nos demanda el ser creativos. No sólo ejerciendo las vías convencionales de la lucha, sino reivindicando o desmitificando la violencia revolucionaria. La cual desde luego no implica alzarse a los fusiles sin pasar por otras vías, la primera de ellas es salir de la universidad, pues un movimiento sólo es revolucionario si viene de un pueblo políticamente organizado.

La contingencia que vivimos está a punto de quebrarse, si no nos detenemos a reflexionar sobre las vías que estamos ejerciendo, si no pensamos en como unir a la sociedad a nuestra lucha. Quizá eso pueda comenzar tan sólo dándonos cuenta de que nosotros también somos parte de la sociedad, en vez de tratar de llegar a los problemas de la sociedad desde un supuesto lugar privilegiado que el ser universitario otorgaría; debamos quitarnos esa venda de los ojos y empezar a pensar en nuestros propios problemas, no sólo como universitarios, sino como hijos, amigos, padres o hermanos.

Abandonemos la permanente reivindicación de consignas y pensemos en como plantear un proyecto político de largo alcance, se habla siempre de que no hay condiciones pero se olvida que nosotros somos los que construimos las condiciones. No sólo basta con reivindicar consignas que apelan a la empatía, la justicia o la unidad de nuestro movimiento. Es preciso construir un programa que nos acerque a los problemas de la vida cotidiana, a los que nos enfrentamos todos los días y que nos jactamos de comprender en tanto “neoliberalismo, precarización del trabajo, privatización de la educación y de la salud”, pero que no logramos aún articular a nuestras demandas. Pedir la renuncia de Enrique Peña Nieto y todo su gabinete de seguridad, si bien es necesario, no es suficiente, pues sea con él o no. La precarización de la vida continuará.

Abandonemos los protagonismos, los paternalismos, las peleas internas, las absurdas discusiones sobre legitimidad de las asambleas pues, la legitimidad no es una cuestión cuantitativa, sino cualitativa. El sólo hecho de que nos reunamos para pensar el futuro de nuestro movimiento nos da la legitimidad de ser parte fundamental en la coyuntura; fundamental más no suficiente, pues sólo los que reproducen el capital directamente son capaces de hacer la revolución, nosotros no, tan sólo podemos iniciarla, tal vez unificarla, no más.

Pensemos en demandas concretas de proyectos que nos afectan a todos, pensando los medios para conseguirlos. Es evidente que la reforma laboral, educativa y de salud tienen un trasfondo perverso, así que tenemos la obligación de combatirlo. Pensemos que si no hacemos algo en éste álgido momento en donde estamos en el ojo del huracán, quizá no exista otro momento.

 

 

 

 

Bibliografía

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[1] (Hobsbawm, 1996: 120)

[2] Una normal rural ubicada en la localidad de Ayotzinapa en el municipio de Iguala en el Estado de Guerrero. “El estado emergido de la Revolución mexicana de 1910, emprendió un ambicioso proyecto educativo que pretendía transformar la vida de los campesinos a través de la expansión masiva de escuelas rurales Cantidad de docentes -al principio llamados misioneros-, convertidos en “todólogos” (que lo mismo enseñaban el alfabeto a niños y adultos, que curaban enfermos y realizaban construcciones y gestiones para hacer llegar agua a los pueblos u obtener créditos para la producción agrícola) fueron involucrados en esta misión dentro de una escuela abierta a la comunidad. (Civera Cerecedo, 2008)”.

[3] Bolívar Echeverría nos dice a propósito de esa dificultad modular de entendimiento de los procesos que vivimos que “nada obstaculiza con mayor fuerza la descripción de la figura particular que presenta la cultura política de una realidad social histórico-concreta que la suposición, defendida obstinadamente por el discurso moderno dominante, de que la puesta en práctica de lo político pertenece en calidad de monopolio al ejercicio de la política (Echeverría, 2012: 77)”.

[4] El ejemplo más claro nos lo dará Norberto Bobbio, quien nos dirá que por “encima de su desarrollo histórico el Estado es estudiado en sí mismo, en sus estructuras, funciones, elementos constitutivos, mecanismos, órganos, etcétera, como un sistema complejo considerado en sí mismo y en sus relaciones con los otros sistemas contiguos (Bobbio, 2010: 70)”. Es quizá, en el hecho de considerar al Estado como una figura independiente, en donde apuntalaríamos su deficiencia fundamental desde nuestra lectura.

[5] En tanto lo que es y lo que de él se dice, y la posición de quien lo enuncia respondiendo en ese sentido a lo que para Angela Davis (Mujeres, raza y clase, 2005) estaría dispuesto en términos de “raza”, “clase” y “sexo”, lo cual podemos constituir en lo sucesivo como lugar de enunciación.

[6] (Dri, 2000)

[7] Ese es el punto más problemático, ahí su contradicción, pues el Estado como pleno ejercicio de la razón siempre generará un estrato marginal al ejercicio pleno de la colectividad, pues si bien trata de solventar el aislamiento de la reproducción social-natural de la dirección y toma de sentido de dicha reproducción social-natural (lo político) -lo que acontecería como la presunta separación entre Economía y Política-, dicha mediación define un ejercicio pleno de un sector desde la razón, excluyendo a lo otro, algo que Marx reprochará enérgicamente a Hegel en su Crítica a la Filosofía del Estado de Hegel.

[8] “El Estado es la realidad de la idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad clara, ostensible a sí misma, sustancial, que se piensa y sabe y cumple aquello que sabe y en la medida en que lo sabe. En la costumbre tiene su existencia inmediata, y en la autoconciencia del individuo, en su saber y actividad, tiene su existencia mediada, así como esta autoconciencia, por el carácter, tiene en él cual esencia suya, finalidad y productos de su actividad, su libertad sustancial (Dri, 2000: Hegel, 233)”.

[9] Incluso Foucault apunta esa cuestión de forma similar, por una vía distinta a la que Marx habría seguido; “Esta concepción de los mecanismos del mercado no es el mero análisis de lo que sucede. [..] es preciso que el análisis se amplíe de manera considerable. Ante todo, una ampliación por el lado de la producción. Insisto, no hay que limitarse a considerar el mercado sino la totalidad del ciclo, desde los actos productores iniciales hasta la ganancia final. Esta nueva manera de concebir y programar las cosas implica algo muy importante con respecto al acontecimiento que es la escasez, con respecto a ese acontecimiento flagelo que es la penuria más la carestía con su consecuencia eventual, la revuelta. [..] Pero dentro del propio saber-poder, dentro de la propia tecnología y gestión económica, tendremos ese corte entre el nivel pertinente de la población y el nivel no pertinente, o bien el nivel simplemente instrumental. El objetivo final será la población. La población es pertinente como objetivo y los individuos, las series de individuos, los grupos de individuos, la multiplicidad de individuos, por su parte, no van a serlo como objetivo. Lo serán sencillamente como instrumento, relevo o condición para obtener algo en el plano de la población (Foucault, 1978: 64-65)”.

[10] Una consideración que nos obliga a pensar no en términos del Estado Nación aislado del mundo, sino como una más de las expresiones que posibilitan la reproducción del capitalismo a nivel mundial.

[11] Ruben Dri nos da cuenta de ello al contraponer la idea de un estado ético y de un estado liberal en sentido estricto cuando nos dice: “El liberalismo pretende la subordinación del universal, o sea, del Estado, al particular, esto es, a la sociedad civil o más específicamente al mercado, a la propiedad que, como sabemos después de Marx, es el Capital. El Estado ético, en cambio, pretende que el particular, el mercado, la sociedad civil, tengan su lugar, se desarrollen, crezcan, pero como momentos de la realización de todos en el universal concreto que es el Estado (Dri, 2000: 234)”. Lo cual sabemos es imposible pues siempre habrá, al ser expresión de un interés particular, intereses que no encajen con ese despliegue, sin embargo, eso no hace que se pierda de vista la potencialidad estratégica que hemos abandonado al dejar de pugnar por su control efectivo.

[12] La idea original apelaría a la idea de una escala geográfica como lo propone Harvey (Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia, 2000), sin embargo considero que la noción de “geográfica” sólo tiene sentido al interior de nuestra disciplina más allá del campo del conocimiento físico. Pues desde fuera podría llevar a ciertos malentendidos, por ello consideré matizarla en tanto “escala social”.

[13] Abiertas al libre flujo de mercancías, pero cerradas a la circulación de la sociedad no propietaria.

[14] El consumo/producción se estratifica de tal manera que incluso el más cercano a la marginalidad pueda consumir al mismo ritmo el “mismo producto” que una cada vez más pequeña clase media. Supongamos que el ritmo de bienes de consumo de lujo es de 2 celulares por año: Mientras alguien es capaz de consumir dos iPhone en un estándar medio de consumo en los estratos superiores de la escala productiva/consuntiva, los estratos inferiores pueden consumir a un ritmo similar dos celulares de producción de calidad tan baja que lo obligarán a consumir al mismo ritmo que el que lo hace por un pretendido estatus. Lo que igual el ritmo de consumo, pero estratificado a tal punto que lo esencial es el consumo en sí, y no lo que se consume.  Para ello el mecanismo de la deuda, es esencial, pues compromete al trabajador a permanecer y luchar por un puesto de trabajo que le permita mantener el ritmo de consumo al que se ha visto acostumbrado, incluso si no dispone del tiempo necesario para disfrutar del producto consumido. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en el consumo de pantallas de plasma, que enganchan al trabajador a un ritmo de trabajo, en el que disfruta de su bien de consumo, unos escasos minutos al día, en contraposición a jornadas laborales y ritmos de trabajo descomunales.

[15] Es un término que me gusta trabajar con mucho cuidado, debido a que considero que hay aún una discusión que dar, pues del neoliberalismo no sólo expresa una rearticulación de los procesos económicos de un cierto control del mercado, sino que impone las dinámicas sociales a seguir para mantener dicho control. Pero considero que su concepción es aún una discusión en píe.

[16] Blanca rubio nos dice que es un modelo de incorporación mercantil del sector agropecuario vigente desde los TLCAN, cuya vocación exportadora, elevado grado de monopolío, alta concentración de capital, elevada cuota de explotación por sus formas flexibles de organización del trabajo y uso de tecnología de punta “somete a su lógica de funcionamiento al conjunto de los sectores productivos y con ella marca las tendencias de comportamiento en América Latina (Rubio, 2001: 156)”.

[17] David Mares nos da cuenta de ello cuando nos explica que: “Las empresas multinacionales se pueden considerar fuerzas transnacionales si responden a los mercados internacionales más que a políticas del gobierno anfitrión. Estas fuerzas son una amenaza para potencial a los intereses esenciales de una nación (Mares, 1997: 37)”.

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