Más allá de la tragedia

c322-muralismo

-¡Estamos en crisis!, se clama a largo y ancho de esta Tierra, latitud y longitud siguiendo los cánones geohistóricos de una ortodoxia que nada ve y todo calla. En la que hay un murmullo generalizado que busca hacerse oír. –¡El capitalismo en sí mismo es ya una crisis!

Más aún, cual murmullo… Sin voz, posición, ni clara identidad es rápidamente apagado. -¡Silenciado!..

A nadie le apremia al seno de una sociedad aburguesada, develar lo que en la crisis se expresa ni aquello de lo que ella misma es expresión. De ese tórrido romance dominado, entre el trabajo y la Tierra, desde el cual el capitalismo hace frente a su certitude absolue. Donde es incapaz de ocultar el eco rabioso de su espuma, o el maremoto anunciado por la tórrida brisa de un pasado silenciado, la manifiesta proclamación de que el capital debe ser a lo humano. –¡Vaya sorpresa se ocultaba en la proclamada pasividad histórica de ese pretendido mar muerto!

Es pues así, que en el momento de la crisis donde l’argent ya no es capaz de expresar lo que se oculta en su pasiva voz gala, cuando la fe que en ella reside, no es más que eso, cuando Mercurio la desconoce como su representante terrenal. Que ocurre el desgarramiento entre él y el espíritu, de toda mercancía. Pues no es más ese núcleo accionar de la acumulación impuesta al ritmo del cañón, hace ya quinientas voces; Empapando de la sangre proclamada en voz de una trinidad sagrada en el parto de un supuesto nuevo mundo, que encuentra su par sólo en el mercado, el dinero y la mercancía dispuesta para el cambio. -¡Crucificada ironía!..

Lucha entre gigantes, cegados por el gustoso don que la acumulación presenta cual divino, en este mundo ensombrecido, acarbonádo, engrando a lo que arranca todo rastro de riqueza a su única y primigenia matriarca que es la Tierra. Anunciando una vez más que en el campesino, indígena y desposeído encontrará a sus vástagos mestizos, engendrados de la usura y la basura de un proyecto coagulado en la negra cuna mil veces negada, de un pasado idealizado. Instantes que se encadenan en el más cruel de los fenómenos naturales, al capitalismo. Pues el capitalismo es la potencia económica que lo domina todo, de la sociedad burguesa. -¡Opium des Folks!, reclamaba Marx…

Pero cómo encadenar las ideas del “financiero” que al defender la vuelta plena al patrón Oro, revivido en un nuevo parto, por cesaría, rajando a nuestra Tierra que no tiene más por ofrecer, encontrando así su más cruda expresión de explotación.

Irracional racionalidad de aquel que en la magnificencia del elefante tan sólo anhela su marfil, torre de marfil de un mundo sometido al miedo de una falsa nada, ansiosos de emular su sueño mídico. El auténtico contrato social, el sueño áureo, un supuesto oro “entregado” en la conquista, que hace eco una y mil veces más.

La más dramática de la tragedias -hasta hoy- pues cual espejismo del pasado, de ese pasado que jamás dejo de ser presente, se expresa incluso a través de un comercio triangular; Canadá, el pretendido Paladín del desarrollo sustentable, oculta la curva de ese sable, con el que es verdugo no sólo de la Tierra de la que se apropian las mineras, sino que castiga con el látigo de la justicia –un ajeno rezo que lo imputa a reconocer lo que juró proteger al cedérsele el uso “legítimo” de la violencia- a quien se oponga legítimamente al barrito de amarfilados elefantes, y no niegue su pasado para que el Capital pueda plantearse su futuro.

Aparente tragedia desdoblada por las vedettes de la intelligentzia como aquello que es legal o legítimo. Gruñendo que las luchas se mueven “contradictoriamente” en la ilegalidad defendiendo su Tierra, la herencia de su condición como legítimos poseedores, contradicción engendrada en la conquista e invención de lo que hoy es América, posición que discute con la más grande expresión política de las sociedades modernas, el Estado; hipostasiada abstracción de la politicidad de lo humano. Al que se le suele proclamar como desarticulado, o demembrado como si hubiese perdido su capacidad formal de ser cohesión de la sociedad, -¡Pero que equivocados estaríamos al pensar sólo así!, pues esa jamás ha sido su razón originaria. Pues, al grito de crisis, se levanta en defensa de su auténtico amo[1].

Cuán lejos presentamos el reclamo de Louis XIV: l’état c’est moi !, aún si nos resuena a cada instante, en la voz de ese gran monologo en el que vivimos, que aún al adaptar nuevas formas –Neoliberalismo-, no pierde su esencia y mediación voraz: desarticulación de las leyes que defienden la propiedad no privada de la tierra, prometiendo el desarrollo; mediador de grandes ventas enmascaradas como concesiones donde toda singularidad se vislumbra incapacitada para actuar.

Proclamando “posibilidades” imposibles sin percatarnos que el monólogo no sólo se expresa entre sus vástagos, sino sobre sus mismos y pequeños elefantes; fraccionaria parte de un mercado que ha nacido mundial. Rearticulación de lo que hoy escuetamente defendemos como un nuevo comienzo, desde el siglo XXI, anhelándonos distintos, proclamándonos postmodernos, cuando con esa enfadada voz sólo abandonamos las comprensiones del monólogo en que se encuentra el mundo que nos hace ser cada vez menos humanos.

Pero ésta pretendida tragedia, aún no ha terminado, pues el héroe, que ha de levantarse entre estos restos, de aquellos pretendidos escombros, está presto a tomar su estelar posición. El héroe siempre aparece cuando todo aparece irreconciliable, cuando su solución se nos presenta ya negada. Ese héroe, no es otro que la comunidad no enajenada ó extrañada de sí misma, articulada en torno a lo que escuetamente llamamos movimientos sociales. Aunque poco importa realmente el nombre que le demos, eso no cambiará lo que este es, eso a lo que mañana apelaremos, quizá tan sólo como el tiempo que se fue.

Pues todos los que ahora luchan en contra de sus distintas formas, se enfrentan siempre a una misma esencia, al núcleo de un mismo problema. Más aún, aunque desde luego realmente incomunicados, consolidan de a poco a ese que será nuestro gran héroe, el que pronto tomará una nueva forma, que estará presto a dar la lucha final en contra de su acérrimo enemigo. De esa supuesta tragedia que leemos día con día, debemos pensarla tan sólo como el punto más álgido y contradictorio de esta, nuestra épica historia humana en búsqueda de nuestra anhelada y mil veces citada, verdadera libertad. Pero éste héroe, a diferencia de otros será invencible, pues no es una la cabeza que lo forma, ni mil las partes que lo adornan, se hace al paso y en la marcha de todo aquel que se hace uno con su cuerpo, ya sea parte de sus ojos negros, labios rojos o rubios cabellos del desierto.

[1] Lo cual no implica necesariamente abandonarlo de inmediato, quizá para lograr su disolución sea preciso desde luego re-inventarlo.

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