Elementos fundamentales para la comprensión del amor

¡Deja que el principio se enlace
Con el fin, formando un todo!
¡Deja que tu mismo pases
Más raudo que las cosas!
Agradécele a la musa,
La intuición de lo eterno.
El contenido de tu pecho,
De su espíritu se forma.

J.W. Goethe.

En estos últimos días, estos pensamientos han rondado en torno a mí, complicándome hasta cierto punto la vida, sin embargo, atendiendo aquella idea desde la que se apelaría a que uno no puede resolver el conflicto si no logra enfrentarse a él, si no logra expresarlo, tuve la pretensión de lograr explicitarlo para así considerarlo desde lo que sobre ello pienso, dándome así las bases para entenderlo y poder actuar. La razón de compartirlo, es sin duda para someterlo a las críticas, o en cuyo caso para que les sirva de ayuda, como lo ha sido para mí, pues su redacción me ha traído sin duda la posibilidad de lograr romper con el encantador enamoramiento de un “yo” mitificado, a quien como Goethe, no puedo sino agradecerle, la intuición de lo eterno.

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Poema en la almohada, Utamaro, Kitagawa (1753-1806)

El amor es el Aufhebung[1] del yo en nosotros, y su despliegue cotidiano, unidad de pasión y razón. Para entenderlo, habría que hacer una distinción entre atracción, gusto y enamoramiento. El enamoramiento obedece al proceso de “constitución del nosotros”, el gusto es un momento que supera a la atracción, la cual implica un conocimiento de sí mismo con el otro, y la atracción es el impulso que representa la condición de posibilidad del enamoramiento.

La atracción está mediada por la intuición del instante preciso en el que ambos se reconocen. En el que al menos uno de los dos se siente atraído por el otro. La atracción está mediada por todo aquello que la otra persona “es” en la mente del que se siente atraído por ella, no como “ideal” sino como ese instante en el que se reconoce que en ella hay un impulso que nos motiva a conocerle. El otro debe representar pues el objeto de nuestros deseos más íntimos, pues en la atracción se juega toda posibilidad de poder construir un auténtico nosotros.

Sin embargo, es en el momento de la atracción en el que puede surgir el falso enamoramiento, un proceso mediante el cual el que se siente atraído por el otro, en un primer instante, comienza a construir una idea mistificada del otro, que deviene un enamoramiento de la idea del otro, y no propiamente de lo que el otro “es”. Una faceta de este proceso es el falso enamoramiento de lo que el otro constituye como ser material, en el cual puede surgir un enamoramiento de lo que la otra persona “es” como objeto pero no como “sujeto”. Es decir, hay tres posibilidades del falso enamoramiento. Enamorarse de lo que el otro “es” como idea en nuestra mente sin la mediación de su conocimiento (obsesión), enamorarse de lo que el otro es sólo como sujeto (amistad) y enamorarse de lo que el otro es sólo como objeto (pulsión sexual). En cualquiera de las tres posibilidades, el amor es imposible.

El proceso de enamoramiento debe mediarse con el “gusto”, cuya condición de posibilidad es ya la atracción mutua y no de sólo una de las partes, pues sin dicha mediación toda condición de posibilidad por auténtica que sea, imposibilita la constitución del nosotros. El gusto tiene como condición de posibilidad la atracción, la cual debe consistir en una suerte de enamoramiento del otro como objeto, pero para que la atracción devenga gusto debe ser mediada por enamoramiento del otro como sujeto. Es decir, el amor sólo es posible cuando existe un gusto por el otro, cuando existe una atracción simultánea del otro como sujeto y como objeto, sin embargo, eso aún no es sino el momento constitutivo que da sentido a la posibilidad de que el amor alcance su realización.

Para lograr la realización del amor, para que se constituya el auténtico nosotros, debe existir un proceso de Aufhebung de los dos “yo”. Para entenderlo es preciso desplegar, ¿qué es el “yo”?; El “yo” representa el reconocimiento y aceptación de lo que uno “es” como sujeto y como objeto. Es decir, el “yo” constituye lo que propiamente somos cotidianamente, habiendo negando su posibilidad egocéntrica, la idealización mistificada de nuestro propio “yo”. Para que exista amor, no sólo debe existir un reconocimiento del “yo” en el otro, sino en uno mismo. No el que duda ni el que jamás se decide, sólo el que se conoce a sí mismo tiene la capacidad de amar[2].

Ahora bien, ¿por qué no sólo basta con que exista un gusto mutuo de lo que el otro es? La cuestión radica propiamente en la vida cotidiana, pues para saber lo que el otro “es” como totalidad concreta, es preciso conocer su “yo” como sujeto y objeto en circunstancia. En la cual la “idealización del otro[3]” o “la mitificación del yo[4]” puede jugar un papel fundamental en el proceso de constitución del nosotros que puede llegar a explotar en un punto determinado cuando el “nosotros” está ya constituido.

Puesto que si uno se presenta al otro como algo que no “es” propiamente, cuando el otro entre en contacto con ese aspecto cotidiano de nuestro “yo” en situación, existirá una no correspondencia entre lo que ella considera somos y lo que realmente somos. Esto aplica para todos los aspectos de la vida cotidiana, en donde se despliega nuestro proyecto político como sujetos. Esta es la razón principal del fracaso del “nosotros” como proyecto, puesto que de hecho no sabemos lo que para el otro puede generar dicho gusto. Es decir, expresar un “yo mitificado” tiene una doble determinación que puede destruir la constitución del nosotros: el prejuicio de lo que puede gustar al otro y lo que uno no acepta de sí mismo.

Es por eso que el conocerse a sí mismo es una mediación fundamental en el proceso de construcción del nosotros. Pues sólo si nos asumimos como sujeto y objeto, es decir, como totalidad concreta, podemos conocer al otro. Esto es una mediación fundamental, y se vuelve absolutamente imposible conocer al otro sólo a partir de lo que el otro expresa de sí mismo. Por ello, el nosotros debe atravesar el camino entre el arroyo de fuego y los poemas en la almohada; transitar desde el ideal del otro al autentico conocimiento del otro sobre las brasas que el transito entre la atracción y el gusto producen. Lo cual sólo es posible mediante la convivencia, por ello el amor presupone una confianza crítica para con el otro, pues una confianza ciega en el otro, no es sino la expresión de una fe en el ideal que nos construimos del otro, mediante el cual nos negamos la posibilidad de saber lo que el otro “es” en circunstancia y lo que podemos ser en el “nosotros”.

Esto puede superarse mediante el diálogo, es decir, mediante al superación mutua de las características propias que el otro debe negar en sí mismo y que debemos negar de nosotros mismos para que el “nosotros” sea posible, el Aufhebung de ambos yo, un proceso de construcción mutua de sí mismo, desplegado en el trato continuo y progresivo en la vida cotidiana.

Uno debe ser lo que ambiciona ser con el otro y no a pesar del otro. El amor es pues, el mantener nuestro yo, desde un nosotros, sin negarnos ni negar la posibilidad de que los dos yo, ahora consolidados como nosotros puedan continuar con lo que desean ser como “yo”, pero sabiéndose  ahora parte de una nueva totalidad. En la que es preciso asumirse mutuamente tanto como objeto y sujeto en la convivencia plena de vivir un mutuo proyecto.

Es por ello fundamental que en el proceso de consolidación del nosotros,  no sólo exista una producción mutua de sí mismos, sino la puesta en marcha de un proyecto conjunto. Que incorpore la puesta en marcha de dos proyectos distintos que se contengan a sí mismos. Lo cual sólo se logra mediante el despliegue de nuestra vida cotidiana con el otro y no a pesar del otro.

Una consideración fundamental es pues, el hecho de que en todo ese proceso, continuemos apelando a la razón y a la pasión. Pues si alguna de las dos se impone por sobre la otra, nuestro proyecto fracasará. Por el simple hecho de que no logramos consolidar una unidad con el otro, y con nosotros mismos en el que dentro de ese nosotros mismos exista la consideración de lo que el otro es y de lo que pretende ser. Cualquier otra posición no es sino la expresión causal del amor como potencia y no como acto. El punto más complicado de dicha situación,  consiste en el hecho de negarse la posibilidad de sufrir el fracaso y aprender de él, pues el ensimismar el fracaso es la plena negación del amor como acto, pues vivirá siempre como potencia. Además, considero que el amor es una condición de posibilidad de una sociedad comunista. Pues en una sociedad comunista, el nosotros puede lograr arrojar la expresión material de esa nueva totalidad (un nuevo “yo” ). La cual será posible, si sólo sí, es parte del proyecto de ese “nosotros” (en razón a sus capacidades [ ya sean relaciones heterosexuales u homosexuales] y necesidades [deseo de engendrar vida]), y no como el mítico fundamento de realización de una de las partes, generalmente atribuido a lo que la mujer expresa como “idea” en nuestras sociedades patriarcales.

[1] El joven Marx en su lectura crítica del derecho de Hegel utiliza el concepto Aufhebung para explicar las relaciones entre la filosofía y la realidad, un concepto que puede ser traducido en dos grupos de significados: el primero apela al sentido de conservar (traducible por: conservar, develar, conjuntar…) y el segundo grupo de sentido apelaría a negar (traducible por: abolir, negar, suprimir…).  Marx explicita en la Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie. Einleitung que: el Aufhebung de la filosofía mediante su realización y realización de la filosofía mediante su Aufhebung. Lo cual apelaría en dicho sentido no a superar en el sentido de construir un cuerpo ajeno que exprese un mayor grado de eficacia en un ámbito específico de la realidad, sino a la incorporación y negación simultanea de los planteamientos de una idea, dentro de un cuerpo teórico que sea simultáneamente su negación y conservación.

 

[2] Ludwig, E (1932). “La sabiduría de Goethe” . Montevideo: Editorial Claridad. Pág. 37.

[3] Pensar al otro como una idea consolidada, negándole la posibilidad de construcción de sí mismo, pensar que el otro no puede ni debe cambiar.

[4] Expresar un “yo” mítico, lo cual acontece cuando existe un falso reconocimiento de lo que uno “es”, es decir, cuando uno no se acepta como lo que realmente “es” y por tanto se expresa falsamente. Lo cual puede ocasionar que el otro se enamore de ese” yo mítico”, y una vez aprehendido que no existe una correspondencia entre el significante del “yo” y el significante del “yo”, todo lo sólido se desvanece en aire.

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