El despertar de un Petirrojo a los ojos del universo.

Quisiera ser como un petirrojo, con el pecho y el corazón manchados de rojo.
Quisiera ser como un petirrojo, con el pecho y el corazón manchados de rojo.

Uno de sus ojos se cierra, mientras el otro se abre. Ese es siempre el instante en el que es posible ver los ojos del universo, la Luna y el Sol, observan el camino del que sin decir adiós, ni alimentarse a sí mismo pronto se dirige a continuar alimentando al monstruo que no es sino el reflejo de lo que pretendimos hacer de nosotros pero que sin embargo ha cobrado vida y sentido propio, ya no es más la sombra de una abstracta figura que se oponen a las dos vidas, la propia y la colectiva. Pues ese gran monstruo que se opone a la vida ha sabido cómo dominarnos, a unos total y despiadadamente, a otros parcial y descaradamente; pues mientras uno se alista para proveerse del fetiche que le da derecho a la vida, dejando la propia en el camino, el otro apresura ansiosa y mecánicamente su destino, que es aún más cruel, puesto que creyéndose dueño de su camino ensimismado en la técnica que lo logró aislar de ser subyugado, ignora sin más lo que lo obliga a extraer la vida de su propio hermano disfrazado de enemigo, convirtiéndose así en el verdugo que al monstruo da servicio. Disfruta de un aparente lujo disfrazado en la comodidad que al otro es negada, pues la oposición es su única esclava, sin embargo, este tampoco escapa a la gran vorágine de destrucción que su amo le demanda. Este olvida que la muerte es el más cruel de los verdugos, y que incluso ansiosa y tranquilamente aguarda a la del monstruo, ese gran monstruo al que la humanidad amamanta de su propia sangre mientras a su madre él mismo entrega en pedazos. Debemos recordar que vivimos nuestra primera luz como uno sólo; pues ahora por desgracia el monstruo nos ha hecho pensarnos como enemigos, que no es sino la más grande falacia de este mundo construido, pues no se nace dominado o dominante, eso, eso es algo que se gana en el camino hacia el verdugo, pues hay que recordar que la muerte no es la oposición a la vida, sino la esencia que le da sentido pues no se nace para ser eterno sino para morir dejando atrás el destino del que en la sala de espera aguarda el derecho vivir a ese camino. Pues solo bastaría sin duda dejar de admirar el suelo y levantar los ojos hacia el cielo, alzar el vuelo y comprobar que logramos ser al fin como un petirrojo, con el pecho y el corazón manchados de rojo.

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