De un extraño, a un amigo de la memoria.

Las personas pueden llegar a estrechar lazos explotando, un gusto, una característica física común, un sueño… por mencionar algunos, sin embargo en muy pocas ocasiones se tiene la oportunidad de estrechar lazos que pueden romper la barrera de lo efímero y temporalmente devenir estrechos.

Es por ello que afirmo Twitter es el lugar donde se es honesto consigo mismo, en la mayoría de las ocasiones, claro, esto no implica que no existan excepciones, pero ese no es el meollo del asunto. Como bien mencioné, que las personas precisamos de algo en común para poder entablar un conversación intima, y el día de ayer, tuve la fortuita oportunidad de experimentar dicha, digamos, curiosidad del ser humano. Lo más notable, es que dicho algo es el hecho de no pertenecer, el de no ser parte de, una antípoda de los tópicos de conversación. El punto en común fue el hecho de no sentirse parte de ese algo llamado Distrito Federal, carates de la identidad adoptiva que se genera al cambiar tu lugar de residencia.

Inevitablemente la nostalgia se hizo latente, el hecho de que las cosas sean tan distintas, a pesar de tener una idea de nación común, llegados a éste punto se podría apelar a la orientación, por no decir académica, – de vida -, que cada uno teníamos: dos comunicólogos, prejuisiosamente similares, esencialmente únicos y distintos entre sí, así como también un filosofo, un diseñador gráfico, un abogado, un arquitecto, un físico y yo, un geógrafo. Hago hincapié en que es sólo una elección de vida, y no una vida preseleccionada.

Fue notable el hecho de como nos reconocimos como iguales, exponiendo nuestra supuestas debilidades a las que somos sometidos por los nativos, pues evidentemente desconocimos la dinámica de esta monstruosamente bella ciudad. Compartimos nuestros ratos de desesperación y frustración enmascarados entre risas no falsas, pues ante la magnifica experiencia de poder encontrar un espacio y momento en el cual todos tuvimos algo en común, algunos lo experimentaban en primer plano, otros ya residentes, compartíamos nuestras experiencias, cómicamente, pero como una clara advertencia de lo que la ciudad puede llegar a ser para alguien que no perteneció a ella como perteneció a un lugar, a un punto del espacio, pero sobre todo de nuestros corazones.

Un evento quizá único e irrepetible, donde estrechamos lazos con desconocidos, compartimos nuestro yo más intimo y por una vez. Hablamos de la melancolía de abandonar el lugar que se ama, por el deseo de trascendencia que también se ansia pero sobre todo se ama.

Es por ello que pasamos de ser un grupo de extraños, a un extraño grupo de amigos que llevaremos en la memoria aún cuando debido a su causalidad, sea cercano a lo imposible que se repita, pero que indudablemente en mayor o menor medida, alegro nuestros corazones, mostrándonos que aun en la más aparente soledad, es imposible estar verdaderamente solo.

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